En una casa señorial rodeada de lagunas cenagosas y niebla perpetua, la muerte de una anciana adinerada y la desaparición de su legendario juego de joyas ponen en marcha una investigación donde el único testigo del robo es un joven ciego…
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En una casa señorial rodeada de lagunas cenagosas y niebla perpetua, la muerte de una anciana adinerada y la desaparición de su legendario juego de joyas ponen en marcha una investigación donde el único testigo del robo es un joven ciego que sólo pudo reconocer a la culpable por el tacto: un lunar junto al escote.
Cerca de la localidad de Sandtton se alza una casa de perfiles elegantes, casi regios, cuya belleza contrasta con el paraje que la rodea: lagunas de fango, niebla densa y un cementerio a pocos minutos por el camino corto. Allí, la anciana señora Burnett ha reunido bajo su techo a sus cinco nietas huérfanas y a Oscar, un joven ciego, hijo de una antigua sirvienta, al que acogió por una cuestión de conciencia. La generosidad no ha bastado para crear una familia: entre las primas hay un antagonismo sordo, y sólo Valerie, la más joven, se mantiene al margen de las rencillas. La excepción activa es Helene, la mayor y la más hermosa, cuyos ojos verdes guardan un rencor que se dirige contra todo lo que se interpone en sus deseos, en particular contra el señor Sand, el administrador fiel que custodia con la abuela el secreto de la caja fuerte.
Esa caja, oculta detrás de un retrato en el que la señora Burnett aparece cubierta de diamantes, esmeraldas y zafiros, es el centro de gravedad del relato. Un cajón olvidado sin cerrar, un diario íntimo y una novela leída a medianoche bastan para que Helene pase de la codicia al plan: una combinación aprendida de memoria, un par de somníferos en el vaso de leche, unas ventanas abiertas al frío que sube de las lagunas y un pañuelo anudado que viajará fuera de la casa en el lugar más impensable. Cuando la policía llega, sólo encuentra estuches vacíos y una desaparición que nadie sabe explicar: aquella noche llovía a mares y nadie salió de la casa.
El único obstáculo aparece por azar. Oscar estaba en la biblioteca cuando se abrió la caja, y sus dedos, entrenados por la ceguera, rozaron un escote y advirtieron un lunar. No puede nombrar a la ladrona, pero puede describirla; y cuando confía el detalle a Cecil Goddart —el joven que insiste en casarse con Maud—, el recuerdo de una fiesta le devuelve a éste la identidad exacta de la culpable. La confidencia llega tarde: el camino que atraviesa las lagunas es el atajo habitual de Cecil, y un motor que falla convierte el atajo en trampa, con un pañuelo ajeno crispado en la mano como única acusación que el fango se traga.
A partir de ahí entra en escena Valerie, que contrata al detective privado Joel Caffrey, un hombre de reflejos rápidos y humor seco que se instala en la casa con el consentimiento incómodo de todos. Su encargo tiene dos capas: encontrar las joyas y, antes que eso, averiguar por qué se abrieron solas dos ventanas que la abuela cerraba con método cada noche. Alrededor de esa pregunta se ordena un elenco cerrado de sospechosos —las cuatro primas, el administrador humillado, el ciego demasiado atento, el novio elegante que asegura que las joyas ya están a cien kilómetros— y una casa que reparte herencias a partes iguales sin repartir confianza. La novela dosifica su tensión con las herramientas del suspense clásico: el lector conoce a la culpable desde el primer capítulo y espera, con creciente incomodidad, el momento en que la evidencia invisible —un lunar que sólo unas manos pudieron leer— alcance a quien creyó haberlo previsto todo.
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