Un año después de enviudar, Kira Lowell ha vuelto al rancho familiar de Oregón para sacarlo adelante y venderlo, con su hijo adoptivo Toby como única brújula.
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Un año después de enviudar, Kira Lowell ha vuelto al rancho familiar de Oregón para sacarlo adelante y venderlo, con su hijo adoptivo Toby como única brújula. La aparición de Joshua Bearclaw —abogado navajo que acaba de descubrir que es el padre biológico del niño— convierte esa tregua frágil en un pulso entre dos legitimidades: la de quien crió y la de quien engendró. Janice Kaiser construye con ese conflicto una novela romántica de tensión contenida, donde la amenaza inicial se va transformando en atracción y en una negociación íntima sobre la identidad de un niño de ocho años.
Kira Lowell conduce al atardecer por un valle de heno segado y ganado perezoso, con su hijo Toby callado en el asiento del acompañante. Acaba de contarle algo que preferiría no haber tenido que decir: el hombre que lo engendró está en camino. Las cartas que ha recibido durante semanas no piden permiso ni consultan; anuncian. Y el aviso más reciente, entregado esa misma mañana, es tajante como un cuchillo.
Viuda desde el accidente aéreo que le costó la vida a su marido, Kira ha regresado al rancho de sus padres —muertos también, un año atrás— para mantenerlo en pie mientras espera una oferta digna en plena crisis agrícola. El cartel de «se vende» lleva demasiado tiempo torcido en la desviación del camino. En ese equilibrio precario, la posibilidad de que un desconocido reclame a Toby le parece menos un trámite legal que un desmoronamiento.
El abogado del pueblo le ofrece poco consuelo y un consejo incómodo: sentarse a hablar. Kira prefiere el rifle de su padre. La primera confrontación ocurre al filo de la noche, en el patio, con el arma levantada y una silueta que baja del monte sin prisa. Joshua Bearclaw es abogado recién colegiado, salió de la reservación para formarse y regresó para descubrir que tenía un hijo del que nadie le habló. No viene a discutir filosofía jurídica: viene a que su hijo sepa de dónde viene.
Lo que sigue no es un juicio sino una negociación desigual entre dos personas que se temen y se reconocen. Kira defiende el hogar seguro, la madre que quiere, la identidad que el niño ya tiene; Joshua argumenta que ninguna de esas cosas cancela la pregunta que Toby se hará algún día al mirar una foto escolar. La novela sostiene ese desacuerdo sin resolverlo por decreto: cada avance —un apretón de manos, una visita concedida a las dos de la tarde, un beso de gratitud en la frente— cuesta una concesión real.
Alrededor orbitan las presiones del pueblo: Rod Banyon, el soltero acomodado que colecciona concesionarias y cenas ajenas, encarna la salida cómoda y hostil que Kira no termina de querer. Toby, con su lógica de ocho años y su duelo reciente, es quien mide el verdadero coste de cada decisión adulta.
Publicada originalmente en 1989 como «Moon Shadow» y editada en español dentro de la colección Tentación, la novela pertenece a la tradición del romance contemporáneo de los ochenta: prosa directa, escenario rural, atracción que nace de la desconfianza y un tratamiento de la herencia indígena que refleja las convenciones y los límites de su época. Su fuerza está en lo doméstico —una cocina a oscuras, un jeep con la compra saltando en el maletero, un niño que no quiere apellidarse distinto— más que en el gran gesto.
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