En un pueblo texano donde todo se sabe antes de ocurrir, la directora de una fábrica de ropa interior masculina y un policía de Boston de paso pactan fingir un romance para que nadie más decida por ellos.
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En un pueblo texano donde todo se sabe antes de ocurrir, la directora de una fábrica de ropa interior masculina y un policía de Boston de paso pactan fingir un romance para que nadie más decida por ellos. Una comedia romántica ligera sobre la ilusión, el rumor y lo que ocurre cuando la farsa empieza a resultar cómoda.
Bobbie Fay Callahan dirige Boxers & Briefs, una fábrica de ropa interior masculina en Liffey, un pueblo pequeño de Texas donde el chisme circula más rápido que el correo. Su intención al entrar en la comisaría es estrictamente profesional: denunciar la desaparición de una caja de mercancía del almacén, treinta y seis prendas de un diseño llamado Gigolo, todas moradas, todas de talla triple X. Es un delito modesto, incluso ridículo, pero es un delito, y quien debe tomarle declaración es el agente Aidan O’Shea, un policía de Boston que ha llegado a Liffey por seis semanas gracias a un programa de intercambio y que se ha convertido, sin proponérselo, en el principal acontecimiento social del municipio.
La complicación no es el robo. Es que un grupo de vecinas ha organizado una lotería cuyo premio consiste en el derecho exclusivo a cortejar al agente durante una semana, y la papeleta ganadora lleva el nombre de Bobbie, inscrita sin su consentimiento por unos tíos convencidos de que le hacen un favor. Ella acaba de salir de un compromiso con Jasper Kershaw, que la dejó plantada en el altar dos veces y que ha regresado al pueblo dispuesto a un tercer intento. Él huye de seis hermanas mayores y de una ciudad entera empeñada en casarlo. Entre buscapersonas que no dejan de sonar, llamadas por gatos encaramados a los árboles, supuestos mirones y una vecina despedida que aspira al mismo premio, ambos descubren que comparten el mismo agotamiento.
De ese hartazgo compartido nace un pacto. Bobbie lo formula con la única metáfora que tiene a mano, extraída de su propio catálogo: hacer el Twango, la prenda que promete comodidad, estilo e ilusión. Fingirán que la lotería sigue su curso, que hay algo entre ellos, y esa apariencia los protegerá a los dos: a ella de un ex insistente y de unos parientes entrometidos, a él de una población femenina que confunde a un agente de policía con un servicio de asistencia doméstica. Nadie promete romance. Nadie lo descarta tampoco, aunque ambos se repiten con insistencia sospechosa que la atracción no tiene nada que ver con el acuerdo.
La novela avanza con un humor seco y una estructura reconocible: cada capítulo se abre con la ficha comercial de una prenda del catálogo, un pequeño comentario oblicuo sobre lo que está a punto de ocurrir. El registro es cómico y costumbrista, construido sobre diálogos rápidos, malentendidos y una galería de secundarios que interviene sin ser invitada. Bajo la comedia late una pregunta más seria sobre quién tiene derecho a organizar la vida sentimental de los demás, y sobre la delgadísima frontera entre representar un afecto y sentirlo. Una lectura breve, ágil y deliberadamente liviana, pensada para quien busca una historia de enredo con final previsible y camino divertido.