Detrás de Camelot, Excalibur y la Mesa Redonda hubo un caudillo real. Christopher Hibbert rastrea al Arturo histórico en la Britania del siglo VI, cuando el repliegue de Roma dejó la isla expuesta a las invasiones sajonas, y sigue después…
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Detrás de Camelot, Excalibur y la Mesa Redonda hubo un caudillo real. Christopher Hibbert rastrea al Arturo histórico en la Britania del siglo VI, cuando el repliegue de Roma dejó la isla expuesta a las invasiones sajonas, y sigue después el rastro del mito: las crónicas de Nennius, la Historia Regum Britanniae de Geoffrey de Monmouth, los romances franceses y La muerte de Arturo de Malory. Un recorrido entre la evidencia escasa y la leyenda desbordante.
¿Qué queda de Arturo cuando se le retira la armadura medieval? Este libro parte de esa pregunta para separar dos historias que los siglos terminaron por confundir: la del jefe britano que combatió a los invasores llegados del Mar del Norte y la del rey cortés que la Edad Media convirtió en espejo de la caballería.
La primera se sostiene sobre indicios frágiles. Tras el año 410, con la retirada de la última guarnición romana, Britania quedó a merced de jutos, anglos y sajones. En el poema Gododdin, hacia el 603, el bardo galés Aneirin elogia el coraje de un guerrero «a pesar de que no era Arturo»: la alusión basta para probar que el nombre ya significaba algo. Dos siglos más tarde, el monje Nennius lo presenta en la Historia Brittonum como vencedor de una serie de batallas y añade «maravillas» —la piedra que vuelve sola a su sitio, la tumba que nunca mide lo mismo— que muestran hasta qué punto la leyenda había empezado a crecer sobre unos pocos datos.
La segunda historia es una obra colectiva. En el siglo XII, Geoffrey de Monmouth compone un Arturo imperial cuya fuente, «un libro muy antiguo en lengua británica», nadie más vio jamás; sus propios contemporáneos lo acusaron de fabular. Wace introduce la Mesa Redonda, Chrétien de Troyes envuelve los relatos en el amor cortés que reclamaba su corte protectora, Layamon devuelve al héroe a un registro más terrenal y popular. El mito viaja: aparece esculpido en Módena, en un mosaico de Otranto, en las profundidades del Etna, en las fiestas llamadas Mesas Redondas que los papas condenaron sin conseguir frenarlas. Eduardo III lo toma como modelo para su orden de caballería justo cuando los arqueros de Crécy y Agincourt están enterrando a los caballeros de carne y hueso. En 1485, Caxton imprime La muerte de Arturo, escrita en prisión por un Thomas Malory de identidad todavía discutida.
Entre ambas líneas se cruzan las excavaciones de South Cadbury —fortaleza reocupada a comienzos del siglo VI— y las tradiciones locales que aún sitúan al rey dormido bajo colinas huecas, listo para cabalgar el día en que su pueblo lo necesite. Abre el volumen un prólogo de Juan Antonio Cebrián, que reivindica el valor del sueño artúrico incluso frente a la verdad desnuda.
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