Un recorrido divulgativo por los orígenes de la conquista del aire, desde los mitos y las alas de madera y tela hasta los globos, los primeros dirigibles y los zepelines, contado a través de los personajes, los cálculos y los accidentes…
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Un recorrido divulgativo por los orígenes de la conquista del aire, desde los mitos y las alas de madera y tela hasta los globos, los primeros dirigibles y los zepelines, contado a través de los personajes, los cálculos y los accidentes que hicieron posible que el ser humano se sostuviera sobre la atmósfera.
El relato arranca donde arranca siempre el deseo de volar: en la leyenda. Ícaro, los saltos con plumas, las capas y las alas articuladas sirven de umbral para entrar enseguida en un territorio distinto, el de quienes intentaron elevarse aplicando la ciencia. Ahí aparece el jesuita Francesco Lana de Terzi, que a finales del siglo XVII imaginó un «barco volador» sostenido por esferas de bronce sometidas al vacío —de esa metáfora naval procede, según el autor, la palabra «aeronave»— y que, con notable clarividencia, temió las consecuencias políticas y militares de dominar el aire. Su error, sin embargo, era físico: a escala real, las esferas se habrían deformado.
De ahí el texto avanza hacia las primeras ascensiones reales. La Passarola de Bartolomeu Lourenço de Gusmão se eleva en Lisboa en 1709 ante la corte de Juan V y le vale a su autor el apodo de Padre Volador y una acusación de pacto diabólico. Décadas después, los hermanos Montgolfier convierten una observación doméstica —los papeles que ascienden sobre una hoguera— en el primer aerostato, mientras Jacques Charles y los hermanos Robert introducen el hidrógeno, la red de retención, el lastre, la banda de desgarro y la barquilla de mimbre. Son los elementos que, con retoques, siguen vigentes. El libro se detiene en una paradoja de la memoria colectiva: el nombre «montgolfière» sobrevivió mejor que las aportaciones técnicamente más decisivas de los «charlière».
El vuelo tripulado llega en 1783 con Pilâtre de Rozier y el marqués de Arlandes, que se ofrecen voluntarios para no ceder ese paso a unos condenados a muerte. Luis XVI convierte las ascensiones en espectáculo y propaganda; Élisabeth Thible abre el vuelo a las mujeres; Blanchard cruza el Canal de la Mancha. En España, Betancourt, Proust y el mecenazgo del conde de Aranda dibujan un capítulo prometedor que la política trunca.
La segunda mitad del libro sigue el giro militar y el problema técnico que ordenó todo el siglo XIX: cómo dirigir un globo. Fleurus, los asedios de Venecia y París, la guerra de Secesión con la telegrafía a bordo y el proyecto napoleónico de invadir Inglaterra por aire y por túnel muestran la aeronáutica como instrumento de guerra antes que de transporte. Frente a ello, la ingeniería avanza a saltos: el ballonet de Meusnier, el vapor de Giffard, el motor eléctrico de los Tissandier y de La France, hasta llegar a Alberto Santos Dumont, cuya ligereza obsesiva, su vuelta a la Torre Eiffel y los cuarenta segundos de retraso que estuvieron a punto de costarle el premio Deutsch —donado después a los indigentes de París— ocupan las páginas más humanas del conjunto. El cierre se desplaza a Alemania y a Ferdinand von Zeppelin, el «Conde Loco», con sus dirigibles rígidos de aluminio y celdillas de tripa de vacuno, sus primeros fracasos junto al lago Constanza y el punto en que la ruina empieza, inesperadamente, a cambiar de signo.
El tono es divulgativo y ordenado por temas, con apoyo de grabados, dibujos técnicos y fotografías de archivo, y con digresiones que explican tanto la anatomía de un dirigible rígido, semirrígido o flexible como el origen del reloj de pulsera Cartier Santos. Interesa igual el cálculo que la anécdota: los aeronautas que vivían en la miseria, los públicos que amenazaban con linchar al piloto si se suspendía la ascensión, las tripas de ganado convertidas en material estratégico durante la Primera Guerra Mundial.
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