Un recorrido divulgativo por los dos siglos en que la Casa de Austria estuvo al frente de la Monarquía Hispánica. La obra parte de los vestigios que la dinastía dejó en Nápoles, Roma, Brujas, el norte de África y América para explicar cómo…
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Un recorrido divulgativo por los dos siglos en que la Casa de Austria estuvo al frente de la Monarquía Hispánica. La obra parte de los vestigios que la dinastía dejó en Nápoles, Roma, Brujas, el norte de África y América para explicar cómo funcionó realmente aquel conglomerado de reinos: no un Estado-nación centralizado, sino una monarquía compuesta en la que cada territorio conservaba su lengua, sus instituciones, su fiscalidad y su cultura política propias.
Escrito por un historiador con vocación divulgativa, este volumen se propone acercar al lector no especializado lo que las últimas décadas de investigación han cambiado sobre los Austrias. Su punto de partida es una constatación viajera: una avenida en Nápoles, la casa madre de los jesuitas en Roma, los palacios de mercaderes castellanos en Brujas, las fortificaciones norteafricanas o un mural en California son huellas de una misma familia, originaria de la actual Suiza, asentada en Austria desde la Baja Edad Media y situada entre 1500 y 1700 al frente del primer gran poder de alcance mundial.
La estructura combina un capítulo transversal sobre las estructuras del conjunto, un recorrido cronológico por los distintos reinados y un cierre dedicado a la dimensión americana. Ese primer bloque desmonta categorías heredadas del siglo XIX: la Monarquía Hispánica no fue un Estado moderno con fronteras nítidas, ejército nacional y separación entre lo público y lo privado, sino un sistema «compuesto» —en términos de John Elliott— donde los territorios se agregaban por matrimonio o por guerra y conservaban su organización. De ahí la larga enumeración de títulos reales y la idea, tomada de Bartolomé Clavero, de un rey que reina pero no gobierna: el dominio se ejercía de manera indirecta, negociando sin tregua con las elites castellanas, aragonesas, napolitanas, milanesas o flamencas.
El libro examina después los engranajes que sostenían ese equilibrio: la polisinodia y sus disfunciones cotidianas, el peso creciente de secretarios y juntas, la Corte como escenario efectivo del poder, los favores y las clientelas, y la función aglutinante del catolicismo, que acabó igualando al buen vasallo con el buen católico y dio a la dinastía su título más celosamente defendido. Frente al retrato estático de los tres estamentos, describe una sociedad con movilidad real a través del dinero, las armas y los viajes: mercaderes ennoblecidos, protoindustria, compra de títulos y una circulación de noticias que ya conectaba el Perú con París.
El tono es explícitamente antitópico: ni reyes fanáticos ni culpables únicos de un supuesto atraso, tampoco hagiografía. La apuesta consiste en comprender los siglos XVI y XVII en sus propios términos, como raíz plural —más cercana a un entramado que a un Estado unitario— del mundo europeo y americano posterior.
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