Una historia breve de la Revolución rusa que la examina no como un episodio de 1917, sino como un ciclo de cien años: desde el Estado patrimonial zarista y las reformas fallidas del siglo XIX hasta el desplome de la URSS y el régimen ruso…
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Una historia breve de la Revolución rusa que la examina no como un episodio de 1917, sino como un ciclo de cien años: desde el Estado patrimonial zarista y las reformas fallidas del siglo XIX hasta el desplome de la URSS y el régimen ruso actual.
Este ensayo parte de una premisa que reordena la mirada habitual sobre 1917: la Revolución rusa no se entiende como un hecho aislado, encerrado entre febrero y octubre, sino como un ciclo largo cuyas consecuencias —la Guerra Civil, el comunismo de guerra, la NEP, la fundación de la Unión Soviética, los planes quinquenales, el Gran Terror, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el colapso del sistema comunista— revelan retrospectivamente cuáles fueron sus motivos y objetivos reales.
El planteamiento arranca de una paradoja: jamás un fracaso de tal envergadura derivó en un éxito semejante. Para Lenin, la revolución soviética no era el fin sino el medio de desencadenar una revolución mundial que nunca llegó; abortada la alemana, los bolcheviques fundaron en diciembre de 1922 la URSS y proclamaron su derecho a heredar el imperio zarista y a construir el «socialismo en un solo país». Sobre ese fiasco se levantó, gracias a la propaganda, a los historiadores oficiales y a la colaboración de intelectuales y trabajadores de otros países, el mito de una revolución proletaria, primero bajo Stalin y luego, con la invención del «pueblo soviético», bajo Jrushchov.
Antes de llegar a octubre, el libro reconstruye el terreno en que germinó la Revolución. Dedica un capítulo al peso del espacio —esa inmensidad sin fronteras naturales que alimentó el miedo a la invasión, la lógica de las zonas de seguridad y el argumento, invocado desde Catalina II y Montesquieu, de que sólo un gobierno autocrático puede regir un territorio tan vasto—, y examina Siberia como pieza del sistema penal que los bolcheviques heredarían bajo la forma del GULAG. Sigue después la larga persistencia del régimen autocrático a través de dos variantes del Estado patrimonial: el modelo moscovita de Iván III e Iván el Terrible, con su fusión de trono e Iglesia ortodoxa, el aplastamiento de los boyardos y la servidumbre como producto del Estado; y el modelo peterburgués de Pedro el Grande, con su europeización forzada, su nobleza de servicio, la Tabla de Rangos y la subordinación de la Iglesia a un Estado secular. De ahí surgen dos fracturas duraderas: el cisma religioso del raskol y el abismo entre la cultura de élite afrancesada y la de un campesinado que era el noventa por ciento del país.
El siglo XIX aparece como un pulso entre reforma y contrarreforma. Las ocho grandes reformas de Alejandro II —la abolición de la servidumbre en 1861, el zemstvo, la educación, la justicia, el ejército, el gobierno urbano, la censura y la Iglesia— se analizan tanto en su ambición como en su decepción: campesinos que no reciben la tierra que esperaban, tribunales que los revolucionarios convierten en tribuna, universidades que producen radicales. Tras el magnicidio de 1881, Alejandro III y Nicolás II responden con tribunales especiales y una política oficial de rusificación sobre los pueblos no rusos del imperio, clasificados por el aparato estatal en leales, desleales y judíos.
Con ese armazón, la obra se propone responder a cinco preguntas: cómo y por qué estalló la Revolución en 1917; cómo llegaron los bolcheviques al poder y consolidaron su régimen; cómo ese régimen derivó hacia formas extremas de totalitarismo; por qué el sistema soviético duró sesenta y nueve años y por qué terminó; y qué clase de orden político y económico emergió de sus ruinas. El resultado combina la historia política con los cambios socioeconómicos, la cultura, las ideas y las guerras, e incorpora la investigación posterior a 1991, cuando se abrieron archivos hasta entonces cerrados. Su conclusión implícita es incómoda: si el actual régimen ruso mezcla los modelos autocráticos zarista y comunista, el ciclo revolucionario todavía no ha concluido.
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