Un recorrido por la música occidental que arranca mucho antes de las partituras: en flautas de hueso de hace cuarenta mil años, en las liras doradas de Ur y en los cantos anónimos de los monasterios francos.
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Un recorrido por la música occidental que arranca mucho antes de las partituras: en flautas de hueso de hace cuarenta mil años, en las liras doradas de Ur y en los cantos anónimos de los monasterios francos. Siguiendo el hilo de la notación —del neuma al tetragrama—, el libro explica cómo Occidente llegó a separar al compositor del intérprete y convirtió el sonido en historia, y por qué lo que hoy oímos del pasado es siempre, en parte, una reconstrucción.
La música está hecha de tiempo y por eso puede viajar a través de él: de esa intuición parte este ensayo, que reconstruye la historia de la música occidental como una larga conversación entre lo que se pierde y lo que consigue fijarse.
El libro abre en la prehistoria, con los huesos perforados de Geissenklösterle, Divje Babe y el poblado neolítico de Jiahu, y con una observación que atraviesa todo el volumen: seguimos siendo fósiles vivientes de aquellos músicos, con los mismos pulmones y el mismo pulso, y por eso la respiración, el paso y el latido siguen midiendo las frases y los tempos. De ahí pasa a las primeras civilizaciones urbanas —las arpas y liras de Mesopotamia, las escalas de siete notas de una tablilla de hacia 1800 a. C., el himno de Ugarit, las campanas Shang—, a los filósofos que quisieron gobernar el sonido (Confucio, Platón, Boecio) y a las tradiciones de Asia oriental, la India o Java, que el relato reconoce antes de explicar por qué debe dejarlas fuera.
El eje es la notación. El autor muestra cómo los neumas del siglo IX y el tetragrama difundido tras el Micrologus de Guido de Arezzo convirtieron la música en un objeto transmisible, y con ello inauguraron una separación —compositor e intérprete, obra e interpretación— sin equivalente en otras culturas. Ese avance también podó: liturgias enteras, como el canto ambrosiano o el mozárabe, quedaron al margen. Y advierte contra la nostalgia fácil: el canto gregoriano que hoy escuchamos en disco procede de la restauración de Solesmes, apenas más antigua que el avión.
La segunda parte entra en el tiempo medido, entre 1100 y 1400: la consonancia y la disonancia, la cadencia como meta, la polifonía que exige coordinación y notación rítmica, los relojes que empiezan a cronometrar la vida junto a Notre Dame. Con ella llegan las primeras voces con nombre: Hildegard de Bingen, Adán de San Víctor, los trovadores provenzales, los trouvères y los Minnesinger.
Escrito en prosa clara, sin aparato técnico ni exigencia de leer partituras, sirve tanto de introducción como de invitación a escuchar de otro modo.
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