Un recorrido divulgativo por los orígenes y la formación de la literatura española, desde las glosas emilianenses y las jarchas mozárabes hasta el mester de clerecía, la corte de Alfonso X y los cuentos de don Juan Manuel.
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Un recorrido divulgativo por los orígenes y la formación de la literatura española, desde las glosas emilianenses y las jarchas mozárabes hasta el mester de clerecía, la corte de Alfonso X y los cuentos de don Juan Manuel. Escrito con tono cercano y voluntad de invitar a la lectura directa de las obras, combina el dato filológico con la anécdota, el hallazgo de archivo y la cita comentada, y reivindica títulos y nombres que suelen quedar fuera de los manuales.
Esta breve historia de la literatura española nace de una convicción sencilla: los manuales solo sirven si empujan a abrir los libros que citan. Su prólogo, dedicado a los profesores que consiguen que la afición por leer sobreviva al calendario escolar, fija el pacto con el lector: aquí se ofrecen pistas, y corresponde a quien lee estirar el brazo hacia el estante y comprobar por sí mismo qué hay detrás de cada título.
El relato arranca en un momento casi arqueológico. En 1911, en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, unas anotaciones al margen de un códice latino llaman la atención de un investigador; años después serán presentadas como el primer testimonio escrito del castellano. De ese punto de partida —las glosas emilianenses, con sus dos apuntes en vascuence incluidos— el libro despliega los cimientos de una tradición: las jarchas mozárabes, coplillas anónimas de voz femenina rescatadas a mediados del siglo XX y engarzadas en las moaxajas cultas de al-Ándalus; el Auto de los Reyes Magos, ciento cuarenta y siete versos toledanos que constituyen la primera pieza teatral conservada en español; y el Cantar de Mio Cid, el gran poema épico que llegó casi íntegro hasta nosotros y cuyo héroe literario terminó imponiéndose al histórico.
De la voz de los juglares se pasa al Romancero viejo, memoria cantada de un público que aprendía de oído y transmitía de boca en boca romances históricos, fronterizos y novelescos, con su prolongación posterior en la literatura de cordel. El segundo tramo se adentra en la Edad Media docta: el mester de clerecía y su cuaderna vía, con Gonzalo de Berceo adaptando en román paladino los milagros marianos, y el Arcipreste de Hita convirtiendo el Libro de buen amor en una autobiografía amorosa ficticia donde lo sagrado y lo profano conviven sin conflicto. Alrededor, el Libro de Alexandre, el Libro de Apolonio, el Poema de Fernán González, las danzas de la muerte y la poesía del siglo XV.
Dos figuras concentran el paso de la Edad Media a la modernidad de la prosa: Alfonso X el Sabio, que apostó por el castellano, promovió traducciones, coordinó las Siete Partidas y las grandes crónicas, y dejó en las Cantigas de Santa María su obra más personal; y su sobrino don Juan Manuel, cuyo Conde Lucanor perfeccionó el arte del cuento ejemplar en el diálogo entre un señor y su consejero Patronio.
El resultado es un libro deliberadamente fragmentario —imposible resumir siglos en unos folios sin elegir— que asume esa elección como método. Explica de dónde vienen los textos, quién los encontró, dónde se guardan y por qué siguen leyéndose, y sostiene que un clásico puede haberse escrito hace mil años o anteayer. Su propósito último no es cerrar un canon, sino desordenarlo un poco: recuperar nombres olvidados y devolver al lector el gusto por descubrir el resto por su cuenta.
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