Un análisis profundo que cuestiona los ideales románticos sobre la paz primitiva. A través de evidencia antropológica, arqueológica y primatológica, revela que la guerra no es un invento de la civilización, sino un comportamiento ancestral…
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Un análisis profundo que cuestiona los ideales románticos sobre la paz primitiva. A través de evidencia antropológica, arqueológica y primatológica, revela que la guerra no es un invento de la civilización, sino un comportamiento ancestral tan antiguo como la humanidad misma, con raíces que se hunden en nuestros antepasados más lejanos.
Desafiando dos siglos de romanticismo rousseauniano que idealizaba la paz primitiva, esta obra destruye el mito del «buen salvaje» sin guerra. Mediante investigaciones antropológicas revolucionarias —los yanomamis de la Amazonia, esquimales cazadores-recolectores de Alaska, australianos murngin— documenta que las sociedades pre-industriales experimentaban tasas de mortalidad bélica que superaban ampliamente cualquier conflicto moderno.
Los yanomamis, con apenas noventa personas por aldea, sufrían pérdidas del 24% de hombres adultos en una generación; los murngin de Australia perdieron aproximadamente un cuarto de su población masculina adulta en combates; incluso nuestros parientes primates más cercanos, los chimpancés, libran guerras endémicas que resultan en la muerte de cerca del 30% de los machos adultos.
Integrando evidencia arqueológica que rastrea la violencia hasta fósiles de Homo erectus de 750.000 años, el libro demuestra que el comportamiento bélico es constitutivo de nuestra naturaleza como especie. La guerra no puede comprenderse sin reconocer que hemos heredado una propensión al conflicto tan antigua como los propios homínidos.
Con cambios climáticos catastróficos y recursos decrecientes en el horizonte, la obra sostiene que nunca fue más importante comprender esta verdad incómoda sobre nuestros orígenes violentos, especialmente cuando los arsenales modernos hacen que el conflicto sea existencial.