Un recorrido divulgativo por el mundo que hizo posible 1492. Antes de narrar la aventura de Cristóbal Colón, esta obra reconstruye los dos siglos que la precedieron: la guerra de los Cien Años, el Cisma de Occidente, el declive del Sacro…
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Un recorrido divulgativo por el mundo que hizo posible 1492. Antes de narrar la aventura de Cristóbal Colón, esta obra reconstruye los dos siglos que la precedieron: la guerra de los Cien Años, el Cisma de Occidente, el declive del Sacro Imperio, el avance otomano que cerró las rutas de las especias y la carrera atlántica de Portugal, hasta llegar a la península ibérica de los Reyes Católicos y a las civilizaciones americanas que aguardaban al otro lado del océano.
Hay hechos históricos que el paso del tiempo convierte en estampas aisladas: efemérides sin causas, episodios literarios despojados de contexto, polémicas que se discuten con los criterios del presente. El descubrimiento de América es uno de ellos. Este libro parte de esa constatación para hacer lo contrario: devolver 1492 al siglo que lo engendró y explicar por qué aquel viaje fue posible justo entonces y no antes.
La primera parte del recorrido traza el mapa político y espiritual de una Europa en transformación. Francia se expande desde la Isla de Francia hasta doblegar al papado, trasladar la Santa Sede a Aviñón y disolver la Orden del Temple en busca de liquidez; Inglaterra, mientras tanto, ensaya un constitucionalismo temprano a partir de la Carta Magna y del Parlamento. De la disputa sucesoria entre Valois y Plantagenet nace la guerra de los Cien Años, narrada aquí como lo que realmente fue: una sucesión de campañas, treguas y tratados —Brétigny, Troyes, Tours— jalonada por figuras como el Príncipe Negro, Carlos V el Sabio, Juana de Arco o el duque de Borgoña, y cerrada en 1453 con la caída de Burdeos.
En paralelo, la obra sigue la crisis de la Iglesia desde el choque entre Bonifacio VIII y Felipe IV hasta el gran Cisma de Occidente, con sus papas simultáneos, el Concilio de Pisa, la resistencia del Papa Luna en Peñíscola y la resolución alcanzada en Constanza. El relato continúa con los pontificados renacentistas y con un detalle decisivo para la historia que vendrá: las bulas que arbitraron el reparto de los mares entre Castilla y Portugal.
El tablero se completa con el desgaste del Sacro Imperio Romano Germánico, reducido al ámbito alemán, y con el ascenso otomano desde Osmán hasta Mehmet II y la toma de Constantinopla. Ese muro entre Europa y Asia interrumpe las rutas terrestres de la seda y las especias que habían inspirado los relatos de Marco Polo, y obliga a buscar caminos nuevos. Portugal toma la delantera: la escuela de Sagres impulsada por Enrique el Navegante, el perfeccionamiento de la carabela y la nao, el cabo Bojador, Cabo Verde, Guinea y, por fin, el cabo de Buena Esperanza.
Antes de cruzar el Atlántico, el libro se detiene en el continente que Colón creyó Asia: seiscientas tribus norteamericanas sin escritura pero con culturas ricas, el mundo azteca de Tenochtitlán, la escritura y la astronomía mayas, el Imperio inca con sus terrazas de cultivo, su metalurgia y su red de caminos. Y cierra el círculo en la península ibérica repartida entre Castilla, Aragón, Navarra, Granada y Portugal, con la guerra de sucesión castellana, el Tratado de Alcaçovas-Toledo y el escenario que permitió a los Reyes Católicos apostar por un marino que proponía burlar el monopolio luso navegando hacia poniente.
Escrito con voluntad divulgativa y apoyado en grabados, mapas y retratos de época, el volumen ofrece una lectura ordenada y accesible de los grandes procesos —dinásticos, religiosos, comerciales y tecnológicos— que confluyeron en el descubrimiento geográfico más influyente de la historia.
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