Un edificio de departamentos, el número 29, se cuenta a sí mismo planta por planta. Cada capítulo lleva por título una dirección interna —planta baja derecha, cuarta izquierda, el ascensor, el semisótano— y en cada una vive alguien cuya…
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Un edificio de departamentos, el número 29, se cuenta a sí mismo planta por planta. Cada capítulo lleva por título una dirección interna —planta baja derecha, cuarta izquierda, el ascensor, el semisótano— y en cada una vive alguien cuya rareza el vecindario administra con naturalidad: una niña que cava hoyos hasta desaparecer, un hombre que echa raíces en el balcón, unos inquilinos a los que nadie ha visto nunca. Entre el chisme de pasillo y lo inexplicable, la casa emerge como el verdadero personaje.
Todo ocurre en una sola dirección: el edificio número 29. La obra está organizada como un plano habitado —planta baja derecha, tercera izquierda, cuarta derecha, el pasillo, la escalera, el ascensor, el semisótano—, y cada capítulo abre una puerta distinta para dejar hablar a quien vive detrás. El resultado es una novela coral construida por acumulación: voces en primera persona, diálogos sueltos oídos al otro lado de un tabique, versiones contradictorias del mismo ruido. Nadie tiene el relato completo, y esa incompletud es parte del método.
Rita, que vive en el primero y lleva allí desde siempre, hace de prólogo y de conciencia del edificio. Instala un espejo en su balcón para ver la calle sin asomarse, habla en clave, adelanta lo que aún no ha pasado. Sostiene que hay personas que son su casa y personas que solo viven en ella, y que ella pertenece a las primeras: siente las grietas en la piel, el frío que contrae el espacio, la casa respirando y decidiendo a quién se traga y a quién expulsa.
El hilo que atraviesa las plantas es la desaparición de Maia, una niña casi muda que se escondía en bañeras, hornos y lavadoras antes de empezar a cavar hoyos cada vez más hondos en areneros, jardines y parques. Cuando lleva días sin aparecer, la familia hace lo que ha visto en la televisión —policía, perros, carteles en las farolas— y el vecindario se organiza alrededor de una búsqueda que nunca termina de cerrar. A su alrededor, otras anomalías ocurren sin escándalo: Don, que empezó tomando una pastilla diaria y terminó convertido en árbol frutal, plantado por su mujer en una maceta del balcón y visitado por colas de curiosos; los Will, del cuarto izquierda, de quienes solo se conocen ruidos nocturnos, un buzón siempre vacío y un abrigo doblando la esquina; el vecino que guarda a una criatura llamada Kasi en el bidet y cierra su puerta al mundo para protegerla; los Moran, del semisótano, que retiraron todas las bombillas para aprender a vivir a oscuras; Tom, que se instala en el ascensor con un sillón, un árbol del caucho y un hornillo de camping hasta que alguien repara en él; y una puerta color óxido que un niño cruzó una vez y que después no volvió a encontrar.
El registro es deliberadamente doméstico. Lo extraordinario se narra con el mismo tono con que se comenta el portero automático averiado o el café con un chorrito de leche: turnos de mirilla, firmas de vecinos, teorías sobre contrabandistas y falsificadores, una expedición nocturna por las ramas del árbol del tercero. De ahí nace el humor seco del libro y también su inquietud, porque la comunidad vigila, interpreta y opina sobre todo salvo sobre lo que realmente le duele. Junto a la desaparición de Maia se despliega otra historia más íntima: la de Toni, atraído por el silencio del piso vacío del cuarto, y la de la voz que lo quiso desde la infancia y aprendió a leer sus silencios.
Más que una trama con desenlace, la obra propone una arquitectura: el edificio como organismo, la vecindad como forma de conocimiento imperfecto, la desaparición como algo que las casas practican con sus habitantes. Se lee como un mosaico de relatos autónomos y, al mismo tiempo, como una sola novela cuya protagonista tiene fachada, escalera y balcones.
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