Dieciocho poemas breves reunidos en el primer libro de Julio Sandoval Berti, escritos entre los veinte y los veinticinco años y publicados años después con la honestidad de quien vuelve a mirar a su yo más joven.
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Dieciocho poemas breves reunidos en el primer libro de Julio Sandoval Berti, escritos entre los veinte y los veinticinco años y publicados años después con la honestidad de quien vuelve a mirar a su yo más joven. La voz que los recorre es la de un amante insomne que habla en segunda persona: le habla al mar y a la mujer, al deseo que no encuentra respuesta, al olvido que ya empezó a trabajar por dentro. Entre la marea y la herida, el libro traza el arco completo de un amor argentino de madrugada.
«Breteles de la noche» reúne dieciocho poemas que su autor escribió entre los veinte y los veinticinco años y decidió publicar mucho después, cuando ya era, según confiesa en el prólogo, otra persona. Ese gesto —rescatar al muchacho que escribía de noche, triste y con Borges bajo el brazo, sin corregirle la juventud— define el tono del volumen: no hay pose de madurez, hay fidelidad a un momento.
El libro se organiza como un solo movimiento amoroso visto desde todos sus ángulos. Abre con el amor en su versión oceánica y expansiva: un yo que se declara marea y le pide a la amada que no levante arrecifes ni cordilleras, que se deje naufragar. Sigue con la disponibilidad absoluta —barro, mármol sin forma, metal dócil que espera los dedos del orfebre— y con el retrato de una mujer que esconde dentro de sí a otra mujer, más libre, que pugna por salir desde el fondo del iris y siempre pierde esa guerra interior.
De ahí en adelante el registro se ensancha. Hay una milonga urbana de despedida sobre la avenida Santa Fe, con rima consonante y despedida en el mismo verso. Hay elegías a la mujer que volaba demasiado alto y dejó atrás el puente que el poeta construyó para alcanzarla. Hay un arte poética hecha de puros adjetivos en pares contrarios, y un poema de identidades disueltas en la madrugada, donde los cuerpos importan más que los géneros. Hay erotismo directo —el cazador entre la gente, la escena atada y suspendida de «No me importa»— y hay también su reverso exacto: el inventario de todo lo que la otra no hace, el desamor enumerado gesto por gesto hasta volverse letanía.
El último tramo se vuelve más reflexivo y más dolido. La tristeza como gema de fuego en el pecho, el árbol al que le arrancaron los frutos, el ave a la que se libera con la esperanza de que vuelva, la duda sintáctica y entrecortada de quien se pregunta si el equivocado es él o ella, y el cierre de un amor que sobrevive a su propio final por pura inercia del querer aprendido.
Escrito en un castellano rioplatense de voseo pleno, con imágenes de mar, fuego, aves y arquitectura, el conjunto vale menos como manifiesto que como documento: el retrato de una sensibilidad joven que ya sabía nombrar la ausencia. Un primer libro que no pide indulgencia por su técnica, sino atención a su franqueza.
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