En un bufete de élite donde el prestigio se mide en horas facturables, un joven abogado especializado en investigación informática recibe por sorteo judicial el caso que nadie quiere: la defensa de oficio de un hombre acusado de asesinato…
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En un bufete de élite donde el prestigio se mide en horas facturables, un joven abogado especializado en investigación informática recibe por sorteo judicial el caso que nadie quiere: la defensa de oficio de un hombre acusado de asesinato con agravante de crimen por odio, en un proceso federal donde la fiscalía pide la pena capital. Entre la presión de su mentor, el peso de un juez temido y las expectativas de su familia, deberá decidir si sigue siendo un técnico bien pagado o se convierte en un abogado de verdad.
Joseph Watson pasa sus jornadas desmenuzando videojuegos medievales fotograma a fotograma para determinar si una decapitación digital plagia a otra. Es su trabajo: un asociado joven, brillante con las bases de datos y los buscadores, que ha construido un nicho cómodo dentro de un gran bufete redactando informes para el socio que dirige el departamento de litigios. Su mundo cabe en un cubículo sin ventanas equipado con la mejor máquina de la empresa, obtenida gracias a su amistad con el jefe de sistemas. Allí, la excelencia consiste en no cometer erratas y en llenar cincuenta horas semanales de tiempo facturable.
Esa rutina se quiebra con un mensaje del juzgado federal. Por una vieja costumbre local que asigna a cada abogado recién admitido una causa honoraria y gratuita, a Watson le corresponde defender a un acusado insolvente. No le toca un expediente administrativo ni una reclamación laboral: le toca un homicidio cometido en una vivienda militar, con jurisdicción federal, foco mediático y una fiscalía decidida a aplicar las nuevas directrices sobre delitos motivados por prejuicio. La víctima era un artista sordo y afroamericano, figura respetada en dos comunidades que ahora exigen justicia. El acusado es un hombre de barrio obrero con antecedentes de violencia y una historia doméstica que la prensa ya ha empezado a contar en su lugar.
La novela avanza sobre una tensión doble. Por un lado, la del caso mismo: unas palabras pronunciadas en el peor momento posible pueden transformar un crimen pasional en un delito de odio, y con ello abrir la puerta a la pena de muerte. Por otro, la del entorno profesional que rodea a Watson. Su mentor, un abogado de la vieja escuela que desconfía de los ordenadores y clasifica el mundo entre buenos y malos clientes, le ordena librarse del encargo por cualquier vía: una solicitud de renuncia, un conflicto de intereses inventado, una negociación discreta. Cualquier cosa antes de que un caso sin honorarios devore el rendimiento del asociado y la reputación del despacho.
Alrededor de esa disyuntiva, el relato construye un retrato mordaz de la abogacía contemporánea: el bufete como maquinaria de facturación, la sustitución del consejo prudente por la potencia de cálculo, los ritos de acceso a los recursos técnicos, los memorandos que se reescriben para decir menos y proteger más. El humor negro es constante, y también lo es la mirada crítica sobre cómo el derecho intenta medir aquello que ocurre dentro de una cabeza: la intención, el prejuicio, el motivo. Si un jurado debe decidir por qué alguien mató, la pregunta deja de ser jurídica y se vuelve casi neurológica.
En el fondo late un dilema personal. Watson estudió derecho soñando con los grandes defensores, con la idea del abogado como escudo de los marginados, antes de aceptar un sueldo que sostiene a su mujer y a sus dos hijos. Aceptar el caso significa arriesgar todo eso por un cliente al que nadie quiere defender y por un principio que aún no sabe si le pertenece. La historia se pregunta si un hombre acostumbrado a buscar respuestas en una pantalla puede sostener una defensa cuando el precedente exacto no existe, y si la carrera que ha construido merece conservarse tal como está.