Un coleccionista de ropa interior femenina convierte cada prenda en el archivo de una historia. En «Bragadicto», David Tovilla arma un libro de relatos eróticos donde el deseo se narra desde el objeto: la tela que guarda un olor, una…
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Un coleccionista de ropa interior femenina convierte cada prenda en el archivo de una historia. En «Bragadicto», David Tovilla arma un libro de relatos eróticos donde el deseo se narra desde el objeto: la tela que guarda un olor, una noche, un nombre. Alegra, Camila, Georgina y otras mujeres desfilan por una voz narradora que observa con minucia casi contable —cuenta prendas, mide cuerpos, lleva bitácoras— y que entiende el encuentro sexual como un pacto entre adultos libres, sin promesas ni etiquetas. Literatura erótica para lectores adultos, publicada en México en 2016.
Hay libros que empiezan por una obsesión y se dejan gobernar por ella. «Bragadicto» abre con una declaración sin rodeos: el narrador conserva cuatrocientas ochenta y seis prendas íntimas femeninas, la mayoría regaladas, algunas sustraídas, todas clasificadas por uso, color y procedencia. No es un inventario de trofeos sino un archivo sentimental. Cada braga funciona como una cápsula: al abrirla regresan un cuerpo, una habitación, una hora exacta. De ahí que el epígrafe de Orhan Pamuk no sea decorativo —el libro se declara deudor de «El Museo de la Inocencia» y comparte con él la convicción de que los objetos recuerdan mejor que las personas.
La estructura es la de un muestrario. Cada capítulo lleva el nombre de una mujer y cada mujer impone su propia lógica narrativa. Alegra aparece primero como una fragancia y una silueta que cruza la misma esquina a la misma hora; el narrador reorganiza su agenda, alquila un departamento cercano e inventa una oficina para provocar el encuentro. Cuando por fin ocurre, ella fija la única regla que acepta: lo suyo nacerá con el alba y morirá con la noche, renovable pero nunca acumulable. Meses después será ella quien decida marcharse, hacia otro deseo y otra persona, y el relato se cierra sin reproche: lo que queda es una bitácora de ciento setenta y cinco anotaciones y unas prendas guardadas.
Camila entra por el escaparate de su propia tienda de lencería. La seducción avanza aquí a través de un vocabulario compartido —marcas, tallas, encargos imposibles traídos del extranjero, cine de autor, libros prestados— y desemboca en lo que el narrador insiste en llamar «amistad erótica»: un vínculo intenso y explícitamente sin compromiso, donde ambos negocian con franqueza qué quieren, hasta dónde y con qué límites. Es en este tramo donde el libro se detiene con más calma en la mecánica del consentimiento: el «no» como aprendizaje, la preparación como cuidado, el cuerpo como la única propiedad indiscutible de quien lo habita. Georgina llega desde el pasado, reconocida a quince años de distancia en el pasillo de una universidad, y abre la puerta a la memoria como territorio erótico.
Tovilla escribe con frase corta, casi telegráfica, un ritmo de anotación que acumula datos —estaturas, medidas, horarios, cifras— y que produce un efecto curioso: la enumeración obsesiva termina siendo el verdadero tema. El narrador no persigue mujeres, persigue instantes que puedan conservarse; y como los instantes no se dejan guardar, guarda su envoltura. Alrededor de esa idea el libro despliega su catálogo de fetiches, sesiones de sexteo, videos, ligueros, corsés y encargos hechos a mano, junto a un discurso recurrente sobre el presente como única forma de posesión.
Lo que sostiene el conjunto no es la trama —apenas la hay— sino una voz: la de alguien que ha decidido que el placer es una disciplina de la atención. Las mujeres de estas páginas son deseadas, sí, pero también son quienes ponen las condiciones, eligen cuándo empezar y cuándo irse, y salen de escena por su propia voluntad. El libro las despide sin drama, con el gesto de quien cierra una vitrina.
Edición mexicana de 2016, con fotografías interiores y una cuidada factura de objeto. Contenido sexual explícito: lectura exclusiva para adultos.