Memorias de Garrard Conley sobre las dos semanas que pasó, a los diecinueve años, en Love in Action: un programa cristiano fundamentalista que prometía «curar» la homosexualidad.
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Memorias de Garrard Conley sobre las dos semanas que pasó, a los diecinueve años, en Love in Action: un programa cristiano fundamentalista que prometía «curar» la homosexualidad. Criado en el sur bautista de Estados Unidos, el autor entra por voluntad propia, empujado por la vergüenza y el miedo a perder a su familia y a su Dios. Desde dentro reconstruye un método que trata el deseo como adicción y convierte la identidad en algo que hay que confesar, corregir y borrar.
Un lunes de junio de 2004, un joven de diecinueve años cruza las puertas dobles de un local anodino en un parque comercial de Memphis. Deja en una mesa plegable el teléfono, la cartera, el carné, las monedas sueltas y un cuaderno con los relatos que escribe a escondidas. Todo salvo la Biblia y un manual de 274 páginas queda incautado. Así arranca Boy Erased (Identidad borrada), el testimonio con el que Garrard Conley narra su paso por Love in Action, una de las organizaciones más conocidas del llamado movimiento exgay.
El programa funciona con la gramática de un grupo de desintoxicación: doce pasos plastificados en la pared, un código de vestimenta minucioso, horarios divididos en casillas negras —hora de tranquilidad, hora de actividades, terapia— y una categoría, las «imágenes falsas», que abarca desde un gesto de muñeca hasta un cuaderno de ficción. La homosexualidad se equipara al alcoholismo y al juego; el deseo, a un vacío con forma de Dios. Al frente está John Smid, un hombre de camisa a rayas y pantalones caquis que puede pasar del chiste cómplice en el despacho a la sentencia doctrinal ante el semicírculo de sillas plegables.
Conley escribe desde una posición incómoda y honesta: no llega como víctima secuestrada, sino como creyente que quiere creer. Su escepticismo crece a la vez que su necesidad de conservar a su familia y una fe que lleva dentro desde la infancia. Esa tensión —el «Señor, hazme así de puro» repetido hasta volverse mantra— sostiene el libro y lo aleja del panfleto. A su alrededor aparecen los demás internos, apenas identificados por una inicial: la adolescente que baja la mirada al saludar, el chico de sonrisa vaquera que recita de memoria los pasajes condenatorios, el hombre de mediana edad que confiesa ante el grupo su séptimo intento de suicidio. Todos comparten algo: en algún momento les pusieron delante un ultimátum que no se le impone a nadie más, un «o cambias o si no».
El relato alterna el presente del internado con la vida anterior del autor —la iglesia bautista misionera, los sermones contra Harry Potter, el peluquero de su madre como único hombre abiertamente gay que conocía, la escasa y siempre trágica representación que llegaba a las pantallas de una ciudad pequeña— y con la figura de la madre, que lo acompaña cada tarde al hotel y hace preguntas demasiado educadas. Una cronología del movimiento exgay, de 1973 a 2004, enmarca la experiencia personal en una historia institucional mucho más amplia, con sus expansiones internacionales, sus portadas de revista y sus disidentes.
Conley advierte de entrada que dentro del centro estaban prohibidos los diarios y las fotografías, y que ha reconstruido escenas y diálogos con la memoria, el manual del programa, hemeroteca y entrevistas, cambiando nombres y rasgos identificativos. Esa cautela metodológica se convierte en parte del tema: un libro sobre la escritura como forma de recuperar lo que un sistema se propuso eliminar. Lo que empieza con unas páginas arrancadas y hechas una bola termina siendo el libro entero.
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