En 2203, tras 235 años preso bajo tierra, el profesor Joseph Calvin —el llamado Carnicero de Sussex— recibe un indulto inexplicable de la corte del rey Oberón.
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En 2203, tras 235 años preso bajo tierra, el profesor Joseph Calvin —el llamado Carnicero de Sussex— recibe un indulto inexplicable de la corte del rey Oberón. La cazarrecompensas Hadley Kramer debe escoltarlo hasta Marte, pero un desvío por los Caminos Fulgurantes la deja atrapada en los dominios feéricos junto a un anciano roto y a un chico sin nombre que solo conoce el odio. Una novela sobre herencias malditas, fronteras entre especies y el precio de volver a empezar.
La humanidad convive a duras penas con los fae desde que, a mediados del siglo XXI, una guerra de poder entre los regentes feéricos desbocó las mareas, arruinó las cosechas y obligó a mediar un divorcio real: la reina Titania partió al planeta rojo con su corte de estío, mientras el rey Oberón se encerró bajo tierra y la Tierra quedó seca, empobrecida y crispada por el auge antifae de los Puños de Hierro. En ese equilibrio precario, el indulto de Joseph Calvin —encarcelado desde 1968 por la matanza de quince duendes en la playa de Brighton— se convierte en el acontecimiento más esperado del sistema biplanetario.
Hadley Kramer, mecánica de dragones y cazarrecompensas, acepta a regañadientes el encargo de recogerlo. Nada le da más miedo que los fae: creció con las leyendas más feas y con la certeza de que las bonitas eran mentira. Encontrarse frente a un anciano descalzo, mutilado y perdido en el delirio, con un tulipán creciéndole en la mano como marca del perdón del rey, no mejora las cosas. Cuando un guardia de la Coalición de Cooperación los conduce a los Caminos Fulgurantes —el transporte secreto de los fae terrestres—, la escolta se convierte en emboscada.
Allí abajo aparece un tercer hilo: un muchacho sin nombre ni hogar, criado en la oscuridad del Lugar bajo la montaña con una sola enseñanza repetida como oración, «coge tu odio y conviértelo en miedo». Nunca ha visto el sol ni las estrellas que puebla su imaginación, y su primera lección al salir es que la luz también hiere.
Laura Arenas Manzanares construye una ciencia ficción de folclore, donde el hierro sigue quemando aunque existan transbordadores y los pactos ancestrales pesan tanto como los tratados diplomáticos. Con narración coral y prosa sensorial, la novela alterna el ruido mediático de dos planetas con la intimidad de personajes que arrastran linajes que no eligieron: la niña del cambio que reniega de lo que es, el chico que aprendió a sobrevivir odiando, el ferroviario que se aferra a una estación heredada mientras el mundo se apaga. Todos esperan la misma respuesta —qué ocurrió aquella noche de solsticio— y ninguno está preparado para lo que costará escucharla.
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