Después de perder a su hijo en el parto, Carolina deja Buenos Aires y se instala con su marido en La Cumbrecita, un pueblo peatonal enclavado en la sierra cordobesa.
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Después de perder a su hijo en el parto, Carolina deja Buenos Aires y se instala con su marido en La Cumbrecita, un pueblo peatonal enclavado en la sierra cordobesa. La casa que alquilan —un loft de ventanales enormes, sin cortinas, suspendido entre el precipicio y el bosque— se llama Libertad, y la ironía no se le escapa: nunca estuvo más expuesta ni más sola. Mientras intenta reconstruirse a través de la repostería y de un pueblo de doscientos habitantes que la recibe con calidez, un prólogo inquietante —un niño, un animal, una crueldad sin gesto— queda flotando sobre el relato como una advertencia que el lector entiende antes que ella.
La novela abre con una escena breve y helada: la directora de una escuela cita a una madre para contarle lo que vio desde su ventana. Su hijo, un chico callado y aparentemente inofensivo, esperó a quedarse solo para matar con las manos a la ardilla que sus compañeros alimentaban, y luego regresó al aula sin que nada en su cara cambiara. La conversación que sigue —una tarjeta de una profesional, una recomendación urgente, una madre que se niega a nombrar el problema— instala el tono de todo lo que vendrá: la violencia aquí no grita, se disimula.
El relato salta entonces a la primera persona de Carolina, que llega con Alejandro a un valle de casas blancas de techo a dos aguas, calles de ripio y un puente de madera que hace las veces de umbral entre dos vidas. Viene de meses en los que, según sus propias palabras, todo se le volvió sepia: un embarazo de nueve meses terminado en velorio, una infección que casi la mata y un salvataje médico costoso que le reveló, de paso, que su marido llevaba años de negocios, cuentas y viajes que ella desconocía. La mudanza es idea de él, y Carolina sabe que es también una apuesta: Alejandro espera que el aislamiento la devuelva a sus brazos; ella sospecha que le probará exactamente lo contrario.
La convivencia se narra en detalles domésticos que pesan más que cualquier discusión: la cocina remodelada con un taladro mientras ella duerme, el microondas colgado a una altura que no le sirve, el reproche que nunca sale de su boca, la ternura ejecutada como un trámite. Cuando Alejandro parte por semanas enteras a supervisar un complejo de cabañas del otro lado de la sierra, Carolina se queda sola por primera vez en su vida adulta. Empieza a moverse: presenta sus muffins, bombones y panes dulces en las casas de té del centro comercial del pueblo, la reciben bien, toma encargues, y algo parecido al entusiasmo vuelve a encenderse en ella. También conoce a Bruno, el oficial de policía que recorre el valle a diario y que, desde el primer cruce de miradas en la oficina cívica, la desacomoda de un modo que ella misma no reconoce.
Pero la casa de vidrio trabaja en contra. Desde el jacuzzi, desde la mesada, desde cualquier ambiente de ese loft sin paredes, el bosque está siempre ahí, mirando de vuelta. Carolina cree ver un reflejo blanco que cruza entre los troncos y desaparece; llama a la oficina cívica para preguntar horarios de recorrida; se convence de que son los nervios de la ciudad que todavía no la sueltan. El lector, que ya leyó el prólogo, no tiene esa comodidad.
Escrita en una prosa íntima y coloquial, con humor amargo y digresiones que dibujan de cuerpo entero a su narradora, es una novela de suspenso psicológico que trabaja sobre dos formas del encierro: la del matrimonio que administra la voluntad ajena en nombre del cuidado, y la del paisaje idílico donde no hay dónde esconderse. El duelo, la reconstrucción de una identidad y la sensación creciente de ser observada avanzan juntos hasta volverse indistinguibles.
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