Richard Harvey, próspero industrial de Quebec, lo pierde todo en un instante: acorralado por las murmuraciones sobre su esposa, sorprende a Margot en un reservado del cabaret Sol de Medianoche y mata de un disparo a su acompañante.
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Richard Harvey, próspero industrial de Quebec, lo pierde todo en un instante: acorralado por las murmuraciones sobre su esposa, sorprende a Margot en un reservado del cabaret Sol de Medianoche y mata de un disparo a su acompañante. Su secretaria, Dora Durand —callada, poco agraciada y de una eficacia implacable—, organiza su fuga de la prisión y lo arrastra hacia el Norte haciéndose pasar por su esposa. Del despacho templado a la tundra helada, la huida hacia la Bahía de Hudson se convierte en un viaje de nieve, lobos y agotamiento en el que la Policía Montada es solo una de las amenazas: dentro del trineo, entre el fugitivo y el guía que los conduce, crece una rivalidad tan peligrosa como el invierno.
Todo comienza con un rumor. Richard Harvey dirige una fábrica de conservas en Quebec, disfruta de una posición sólida y de un matrimonio que cree feliz, hasta que las insinuaciones de un socio le señalan lo que la ciudad ya comenta: que Margot, entregada al lujo y a las diversiones, se deja ver demasiado a menudo con Robert Lowell, un heredero jugador y cínico que hace bandera de sus conquistas. Lo que Richard tolera de la indiferencia de su esposa no lo tolera del ridículo. Una noche empuja la puerta de un reservado del cabaret Sol de Medianoche, suena un disparo y un hombre cae. En cuestión de horas, el empresario respetable se convierte en prófugo.
La novela da entonces un giro y cambia de escenario. Quien salva a Richard no es su fortuna ni sus contactos, sino Dora Durand, la secretaria que durante un año llevó en silencio el peso de la administración de la fábrica. Con una frialdad que sorprende incluso al propio fugitivo, Dora persuade a su hermano sargento para cambiarlo de calabozo, siembra pistas falsas, retira cincuenta mil dólares de la caja y lo embarca en un tren rumbo al Norte. En la posada de Barry Lake se inscriben como Pierre Sanders y señora: un matrimonio de colonos que viaja a reunirse con la familia. La ficción es una coartada, pero también el marco en el que dos personas que apenas se conocían empiezan a mirarse de otro modo.
De allí en adelante, el relato se instala en la tundra. Contratan por mil dólares a Duck Collins, conductor de trineos curtido y desconfiado, y parten con siete perros hacia la Bahía de Hudson: ciento cincuenta millas de llanura sin horizonte, ventisqueros que cortan el paso, temperaturas de cuarenta grados bajo cero, manadas de lobos y el rastro constante de la Policía Montada. Cada jornada impone su ley —primero comen los perros, no se acampa donde no hay leña— y esa ley humilla a un hombre acostumbrado a mandar. Richard descubre que su dinero no compra obediencia, que su valor flaquea y que la mujer a la que nunca miró posee una resistencia y una serenidad que él no tiene.
El auténtico conflicto, sin embargo, no lo trae la nieve. Duck adivina pronto a quién transporta y elige callarlo; a la vez, rinde a Dora una admiración que Richard no soporta. Entre ambos hombres se abre un rencor sin causa declarada, alimentado por el encierro, la fatiga y una rivalidad que ninguno nombra. Sobre ese equilibrio inestable —culpa, gratitud, deseo y celos, atados a un trineo en mitad del desierto blanco— avanza una historia de aventuras que examina hasta dónde cambia a una persona la pérdida de todo lo que la definía.
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