Mia despierta en la cama de un desconocido con una resaca de tequila, sin ropa interior y sin un solo recuerdo nítido de la noche anterior. Cincuenta y ocho minutos después empiezan las prácticas que pueden cambiarle la vida.
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Mia despierta en la cama de un desconocido con una resaca de tequila, sin ropa interior y sin un solo recuerdo nítido de la noche anterior. Cincuenta y ocho minutos después empiezan las prácticas que pueden cambiarle la vida. Comparte taxi con el chico —Ethan— para no llegar tarde, y en la Avenida de las Estrellas descubre que los dos bajan en la misma planta, en la misma empresa, el mismo primer día. Una comedia romántica narrada a dos voces sobre la delgada línea entre la vida privada y la ambición profesional.
El día más importante de la vida de Mia Galliano empieza mal: abre los ojos en un dormitorio que no es el suyo, con el sol de Los Ángeles cayéndole sobre el muslo desnudo y la certeza incómoda de que su ropa ha terminado repartida por un piso de soltero. De la noche anterior conserva fragmentos: la euforia tras la entrevista con Adam Blackwood, el bar Duke, el tequila, unos hombros anchos y esa electricidad que promete algo. No conserva, en cambio, ni el nombre del chico ni la certeza de qué ocurrió exactamente entre ellos.
Mia es estudiante de cuarto de Cinematografía, hija de una fotógrafa célebre y decidida a dejar de ser solo eso. Quiere terminar el documental sobre su abuela, encontrar un estilo propio en lugar de imitar los ajenos y entrar en la industria por su propio pie. Las prácticas en Boomerang, una de las grandes compañías de medios del país, son su puerta de entrada al mundo real. Y comienzan en menos de una hora.
El chico resulta llamarse Ethan Vance. Recién graduado, con una carrera deportiva truncada por una lesión de rodilla y una vieja lección de su entrenador retumbándole en la cabeza —si vas con el tiempo justo, ya llegas tarde—, también él tiene por delante un primer día que promete cambiarlo todo. Sin dinero para el taxi y con la dignidad ya bastante maltrecha, acaba pidiéndole a Mia que lo lleve. Y que lo pague.
El trayecto por Wilshire, entre bromas sobre bragas escondidas en un horno, llamadas de emergencia a la mejor amiga y una conversación que ninguno de los dos quiere que termine, es el verdadero arranque de la novela: dos desconocidos que se gustan demasiado y se conocen demasiado poco. Cuando el taxímetro se detiene en la Avenida de las Estrellas y ambos dan la misma dirección al conductor, la comedia se convierte en un problema. Ascensor arriba, planta diecisiete, Boomerang. Un solo destino para dos becarios que ya han cruzado todas las líneas que un primer día de trabajo desaconseja cruzar.
A lo largo de cincuenta y siete capítulos, la historia alterna las voces de Mia y Ethan en primera persona, dejando que cada uno cuente su versión de lo que el otro no ve: la inseguridad bajo el descaro, el orgullo herido bajo la calma, el cálculo constante entre lo que se desea y lo que conviene. Cada capítulo se abre con una pregunta —¿alguna vez has tenido un rollo de una noche?, ¿prefieres invitar o pagar a medias?, ¿eres un lobo solitario o corres en manada?— que funciona como un cuestionario de compatibilidad y como un espejo irónico de lo que los personajes están a punto de contradecir.
El resultado es una comedia romántica contemporánea de ritmo rápido, diálogo afilado y humor físico, ambientada en el Los Ángeles de los edificios de cristal ahumado, las oficinas de diseño imposible y los veinteañeros que intentan convertir un contrato en prácticas en una vida adulta. Una novela sobre el deseo inoportuno, sobre la ambición de quien quiere que su nombre valga por sí mismo y sobre lo que ocurre cuando la persona con la que amaneciste resulta ser, exactamente, la que no deberías volver a ver.