Maren tiene dieciséis años el día en que su madre la deja sola con una nota de una sola línea, un sobre con dinero y un certificado de nacimiento.
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Maren tiene dieciséis años el día en que su madre la deja sola con una nota de una sola línea, un sobre con dinero y un certificado de nacimiento. Lo que las ha mantenido en fuga desde que Maren era un bebé no es una secta ni una desgracia: es lo que Maren hace cuando alguien se le acerca demasiado. Narrada por ella misma con una calma desconcertante, esta es la historia de una chica que ama y devora con el mismo gesto, y que debe aprender a vivir con ambas cosas.
La primera víctima fue una canguro. Maren tenía apenas unos meses y su madre volvió a casa para encontrar, sobre la moqueta del cuarto de estar, un montón de huesos limpios y a su hija dormida junto a ellos, con la sangre secándose alrededor de la boca. Aquella noche empezó una vida hecha de mudanzas rápidas —doce minutos para hacer las maletas, en la última— y de silencios pactados: madre e hija nunca hablaban de lo ocurrido justo después de que ocurriera.
La novela avanza entre dos tiempos. En uno, Maren cumple dieciséis años: tortitas con pepitas de chocolate, una tarjeta regalo de librería, un restaurante italiano donde le cantan en otro idioma, una sesión de cine que la deja creyendo, por un rato, que le espera una vida de las que se cuentan. A la mañana siguiente el apartamento está en silencio, no huele a café y sobre la mesa hay una nota: «Soy tu madre y te quiero, pero ya no aguanto más». Maren aprende a leer entre líneas una frase que solo tiene una línea, y entiende que la celebración era una despedida planificada.
En el otro tiempo, el pasado se abre en el verano en que tenía ocho años y su madre, convencida por fin de que los recuerdos se distorsionan hasta volverse habitables, la mandó a un campamento. Allí, en mitad de un lago demasiado frío y turbio para que nadie más se atreva, conoce a Luke: pelirrojo, pecoso, coleccionista de caparazones de cigarra, futuro guardabosques con planes de casa en un árbol y cien kilómetros a nado. Es el amor de infancia que otra chica habría tenido. Maren huele el chile en polvo de su aliento, el fango del lago en su piel, las fibras de algodón entre sus dedos, y sabe, con una certidumbre anterior a la memoria, que uno de los dos no saldrá de la tienda roja que él ha levantado para ella.
Lo que sigue —el tímpano perforado por un hombre sin cara, el hospital, la trabajadora social, el coche cargado con lo que quepa de una vida— compone el retrato de una infancia vivida como condena y de una madre valiente hasta el límite exacto de su resistencia. La voz de Maren no pide clemencia ni la ofrece: cuenta lo que hizo con la precisión de quien no tiene a nadie a quien mentir y, entre líneas, la pregunta que sostiene el libro entero. Si lo monstruoso también quiere, también recuerda y también teme, ¿de qué sirve saber cómo se llama?