Novela en forma de diario íntimo en la que Jana, exmodelo de treinta y cinco años recién divorciada, decide escribir como terapia y acaba levantando un retrato sin filtros de sí misma.
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Novela en forma de diario íntimo en la que Jana, exmodelo de treinta y cinco años recién divorciada, decide escribir como terapia y acaba levantando un retrato sin filtros de sí misma. Entre facturas impagadas, consultas de medicina estética, resacas de jerez y recuerdos de pasarela, su voz avanza a golpe de sarcasmo, deseo y miedo a la soledad. Jordi P. Roca firma un relato de tono crudo y humor negro sobre la belleza como oficio y como condena.
Jana tiene treinta y cinco años, una carrera de modelo que se apagó antes de convertirse en leyenda, un matrimonio disuelto y un bulldog al que llamó Mi Bebé para dejar claro a sus suegros que no habría nietos. Su terapeuta le ha recomendado escribir; ella acepta con escepticismo declarado y empieza un cuaderno donde promete no maquillarse. Lo que nace como ejercicio clínico se convierte en un inventario de todo lo que quedó fuera de las fotografías: los vómitos voluntarios en los baños de las inauguraciones, el maquillaje en crema que le cubría las pecas de la cabeza a los pies, las horas de pie contra una pared para no manchar la ropa.
El presente, sin embargo, aprieta más que la memoria. Armand, el exmarido, ha cerrado el grifo económico; hay una orden judicial por la parte proporcional de una hipoteca que Jana no termina de entender, un abogado ilocalizable en las Maldivas, una cuenta con trescientos euros a mitad de mes y una suegra encaprichada del piso. Alrededor de ese cerco se organiza la novela: la consulta del doctor Cifuentes, mago de los pinchazos y confesor de mujeres que fueron bellas; un DJ vegano y bienintencionado que la convence de grabar una maqueta y la apunta a yoga; una hermana con tres hijos y una lista larga de prejuicios; una madre que sigue midiendo el éxito por la boda que se consigue.
Los capítulos llevan nombres tomados del imaginario clásico —Odisea, Orfeo, Apolo, Inframundo—, y la ironía es doble: la heroína no baja a ningún averno mitológico, sino al metro de Barcelona, a un banco frente a la Sagrada Familia y a la ansiedad de un piso vacío. La ciudad aparece sin postal, entre estancos, clínicas de techos modernistas y clubes donde los empresarios cierran tratos con la raqueta de pádel apoyada en la silla. La marca de nacimiento que le cruza la frente, que su madre bautizó como el relámpago de Zeus, funciona como emblema de una vida narrada a partes iguales como mito familiar y como herida.
La apuesta del libro está en la voz. Jana escribe con un lenguaje deliberadamente sucio, tierno y brutal en la misma frase, que insulta, inventa términos y se disculpa ante el lector antes de seguir escandalizándolo. Habla del sexo sin eufemismos, del deseo por su exmarido con una crudeza incómoda, de la vejez como amenaza laboral y del cuerpo femenino como capital que se deprecia. También, casi a su pesar, deja asomar la ternura: el padre pintor de barcas varadas al que sigue pidiendo ayuda desde el más allá, un sobrino al que reconoce como igual antes de que nadie lo nombre.
El resultado es una novela de humor negro y confesión que no busca la simpatía del lector ni la redención de su protagonista. Su tema de fondo —la caducidad de una identidad construida sobre la mirada ajena— se sostiene sin sermones, entre carcajadas incómodas y silencios de madrugada. Lectura para adultos, por su lenguaje explícito y su tratamiento frontal de la sexualidad, los trastornos alimentarios y el consumo de ansiolíticos y alcohol.
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