Publicado en Granada en 1925 con el subtítulo de «reseña para el turista», este libro del Conde de Benalúa, Duque de San Pedro de Galatino, propone un recorrido por la historia de la ciudad y de la Alhambra desde la Antigüedad hasta el…
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Publicado en Granada en 1925 con el subtítulo de «reseña para el turista», este libro del Conde de Benalúa, Duque de San Pedro de Galatino, propone un recorrido por la historia de la ciudad y de la Alhambra desde la Antigüedad hasta el siglo XVI, con el último sultán nazarí como hilo conductor y figura emblemática. La edición se abre con un perfil biográfico del autor, aristócrata, empresario y político granadino por adopción, que sitúa la obra dentro de su empeño por dotar a Granada de un turismo culto y de calidad.
Boabdil nace de una convicción muy concreta: que el viajero que llega a Granada merece algo más que un itinerario de monumentos. Su autor, Julio Quesada Cañaveral y Piédrola —Conde de Benalúa y Duque de San Pedro de Galatino—, escribe en 1925 pensando en un lector con formación artística, capaz de apreciar tanto una cita de Estrabón como la traza de un friso nazarí, y le ofrece un compendio que va del origen remoto de la ciudad al final de su época dorada.
El libro arranca con un prólogo de tono abiertamente celebratorio, donde Granada aparece como «Damasco de Occidente» y «Madraza de las Artes y de la Agricultura». Desde ahí, el primer capítulo se remonta a la Bética de los autores clásicos: los campos elíseos que los poetas griegos situaban en estas comarcas, las tribus túrdulas y bastetanas, las colonias fenicias del litoral, la Illiberi que precedió a Elvira y a la propia Granada, la codicia cartaginesa, las guerras púnicas, la dominación romana y el primer concilio cristiano, la llegada de los godos y, en 711, el inicio de los ocho siglos andalusíes. El relato se detiene después en lo que más interesa al autor: el balance de una civilización. Leyes, agricultura, seda y comercio con Oriente; el álgebra y los numerales; la música y sus instrumentos; los tejidos, el mobiliario, la poesía y la huella árabe en el castellano; la ingeniería militar de la Alcazaba y las torres, e incluso la caña de azúcar que España llevaría después a América.
El segundo capítulo traza una galería de los sultanes que fueron levantando la Alhambra, desde Alhamar —el caudillo nacido en Arjona en 1195, aliado de Fernando III, autor del lema «Sólo Dios es vencedor»— hasta Yusuf Abul-Hachach, pasando por reinados breves, asesinatos palaciegos y la derrota del Salado. Son semblanzas de trazo humano, atentas a la vida privada tanto como a la empresa constructiva.
El centro emocional del libro, sin embargo, es Boabdil. El autor lo rescata de su fama de rey pusilánime y lo presenta como capitán valiente, tenaz y elegante en la derrota, un hombre vencido por la fuerza del destino más que por su carácter, que solo firma las capitulaciones abrumado y ante el ruego de los suyos. Para sostener esa lectura se apoya en la erudición granadina de su tiempo —los trabajos sobre las capitulaciones y la correspondencia secreta entre los Reyes Católicos y el sultán— y reproduce, como pieza de especial valor sentimental, la última carta autógrafa del rey aceptando lo pactado desde Andarax.
El estudio introductorio de Mª Dolores F. Fígares que precede al texto añade una capa de lectura imprescindible. Reconstruye la biografía de un personaje singular —impulsor del tranvía de la Sierra, de fábricas de azúcar y de electricidad, del Hotel Alhambra Palace y del castillo-palacio de Láchar, diputado, senador y académico— y desvela, con documentación, las licencias que el Duque se permitió: la confusión interesada entre el topónimo Lúchar y su querido Láchar, o la genealogía forzada que lo emparentaba con los conquistadores de Granada. Lejos de restarle valor, ese contrapunto convierte a Boabdil en un documento doble: una guía histórica y poética de la ciudad, y el retrato involuntario de un aristócrata romántico que quiso escribir su propio nombre dentro de la historia que admiraba.
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