En un futuro lejano donde la Tierra agoniza lentamente, la humanidad sobrevive hacinada en satélites artificiales que orbitan un astro moribundo. Cuando una fuerza misteriosa bloquea los intentos de exploración más allá de Neptuno, el…
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En un futuro lejano donde la Tierra agoniza lentamente, la humanidad sobrevive hacinada en satélites artificiales que orbitan un astro moribundo. Cuando una fuerza misteriosa bloquea los intentos de exploración más allá de Neptuno, el coronel Wranel, un hombre de acción templado por el deber, recibe el encargo de atravesar esa barrera invisible. En el polvo de los archivos descubre a Lunelia, cuyo padre desapareció en la última misión, y juntos enfrentan un misterio que podría significar la salvación o la perdición de la humanidad.
En los últimos días de la Tierra, un planeta que se enfría lentamente, sus entrañas ya no albergan vida. Las ciudades de antaño—Nueva York, la capital de Eurasia—se han convertido en ruinas estériles bajo un cielo que ya no promete nada. La humanidad sobrevive en el exilio, desperdigada en docenas de satélites artificiales que giran alrededor del astro moribundo, viendo cómo se consume lo que alguna vez fue su hogar.
En esta atmósfera de luto y resistencia surge el coronel Wranel, hombre de hierro cuya ternura se esconde bajo una frente de granito. Años de servicio en las pistas de despegue lo han templado, pero es su corazón el que lo define: capaz de morir de pie por el cumplimiento del deber, tanto como de amar sin límites. Cuando el Doctor Ralkin le confiesa que existe una esperanza—que más allá de Neptuno podría haber un mundo nuevo donde la humanidad pudiera renacer—, ve iluminarse la posibilidad de redención.
Pero el camino hacia esa salvación está cerrado. Dos satélites de exploración han desaparecido al intentar franquear una barrera invisible que rodea el sistema de Neptuno. Comunicaciones silenciadas, explosiones no confirmadas, una línea en el espacio que nadie puede cruzar. El misterio es absoluto, y la amenaza innegable. Wranel recibe la orden de descubrir qué fuerza desconocida bloquea el paso, de romper ese cerco que amenaza con condenar a la humanidad a una lenta agonía.
En los archivos fotográficos del satélite de mando, Wranel encuentra a Lunelia, guardiana de imágenes de catástrofes, archivera de tragedias. Su padre comandaba uno de los satélites perdidos, y ella se rehúsa a aceptar la muerte. Con una fe que trasciende la razón, le asegura que su padre sigue vivo, que el satélite no explotó, que el corazón nunca miente. Wranel, este hombre curtido de guerras sin fin, encuentra en esa fe una razón más para adentrarse en lo desconocido.
Mientras prepara su escuadrilla—cien hombres equipados con trajes de duriun y armas que disparan rayos de desintegración—, Wranel contempla a Neptuno acercarse lentamente en el firmamento. Sus nubes revolotean en tonos iridiscentes, un espectáculo emocionante y aterrador a la vez. Allí, en esa corteza gaseosa, en los satélites que lo rodean, aguarda lo desconocido. Una fuerza que podría ser el enemigo de la humanidad, o quizás su última oportunidad.
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