Un pintalabios rosa olvidado en la guantera de un coche de alquiler basta para que Penélope entienda lo que llevaba meses sin querer nombrar: su matrimonio con Galo se ha vaciado por dentro.
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Un pintalabios rosa olvidado en la guantera de un coche de alquiler basta para que Penélope entienda lo que llevaba meses sin querer nombrar: su matrimonio con Galo se ha vaciado por dentro. Entre la rutina de una oficina que la trata como a un número, las noches de insomnio y la memoria de la noche en que se conocieron, empieza a tirar del hilo de una sospecha que la obliga a mirarse a sí misma tanto como a él. Una novela sobre el deseo que se apaga, las heridas que no cicatrizan y el momento exacto en que una mujer decide dejar de fingir.
Hay hallazgos que funcionan como una bofetada de agua helada. El de Penélope cabe en la palma de la mano: un carmín rosa chillón, gastado por el uso, olor a vainilla barata, guardado en la guantera del coche que su marido alquiló para un supuesto congreso de trabajo en Sevilla. Galo responde sin inmutarse —se lo habrá dejado el cliente anterior— y sigue conduciendo, hablando de la poca formalidad de las empresas de alquiler. Ella finge creerle. Pero algo se ha roto de una manera limpia y definitiva, y por primera vez en mucho tiempo, casi agradece la certeza.
Lo que sigue no es exactamente una investigación, aunque haya llamadas discretas a Bruna, la amiga abogada que conoce todos los chismes de los despachos de Madrid, y preguntas lanzadas como flechas envenenadas mientras se ponen los manteles individuales para cenar sushi. Es, sobre todo, un inventario. Penélope repasa los meses en los que ella y Galo se convirtieron en dos realidades paralelas que solo convergen en frases como «hay que comprar aceite»; el sexo reducido a trámite mecánico y silencioso; las madrugadas en que revisa los vídeos que él deja abiertos en el ordenador común y se pregunta qué ha perdido su cuerpo, por qué del cuerpo de una mujer se espera que sea eternamente joven. Repasa también las palabras del sacerdote que los casó en una ermita perdida de Cantabria, aquello del matrimonio como un baile en el que dejas de lucirte para seguir los pasos del otro.
Y repasa el principio: un bar de Noviciado a finales de junio, ella con veintipocos años, apoyada en la barra con una tónica y cuatro hielos —su nido, su punto de seguridad—, y un hombre con traje azul marino y zapatillas blancas que se movía por el local como un cazador leyendo huellas. Aquella noche le dijo que odiaba las zapatillas blancas y que llevaba el perfume de su ex. Aquella noche huyó al baño. Y aquella noche, al despertar, la cara de Galo seguía ahí.
Mientras el matrimonio se descompone, el resto también cruje. En la oficina, un jefe que le pone las manos en los hombros y le pregunta con paternalismo si todo va bien en casa; compañeros que la detestan por motivos que ella nunca eligió; objetivos anuales imposibles y un sueño de hacer cine que quedó archivado en otra vida. En el metro de plaza Castilla, más allá de la línea amarilla, Penélope se deja rozar por la brisa de los trenes y piensa que hay distancias mucho más insalvables que las físicas.
Narrada en primera persona, alternando el presente de la sospecha con el pasado del enamoramiento, la novela avanza con una voz que no busca compasión ni coartadas. Penélope admite que la traición justifica la revancha, que busca porque espera encontrar, que hay algo casi excitante en la idea de una revolución interior que también le da pánico. Sabe que las heridas se quedan latentes, caprichosas, listas para proyectarse en la mente cuando menos se las espera, y que uno cambia siempre: el dolor te vuelve mejor persona o el hijo de puta definitivo, pero cambia. Como el caos del que nació el universo, como las colisiones de las que surgen las mayores estructuras del espacio.
Una historia sobre el desgaste íntimo de la convivencia, sobre las máscaras que las mujeres aprenden a ponerse y quitarse desde niñas, y sobre ese instante en que la esperanza deja de ser un plan y se convierte en la última hora de las Tullerías.