En unos Reinos Mortales donde las ciudades libres sobreviven como faros rodeados de oscuridad, dos hilos avanzan hacia el mismo punto. En Kranzinnport, un puerto encaramado a los acantilados, la rutina de un encargado de mercado se quiebra…
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En unos Reinos Mortales donde las ciudades libres sobreviven como faros rodeados de oscuridad, dos hilos avanzan hacia el mismo punto. En Kranzinnport, un puerto encaramado a los acantilados, la rutina de un encargado de mercado se quiebra cuando una isla negra emerge del océano entre nieblas y hedor a podredumbre. Lejos de allí, en las selvas de Ghyran, una antigua sacerdotisa guerrera recorre los asentamientos predicando que el dios al que sirvió ha abandonado a la humanidad. Una voz sin rostro, agazapada en una torre en ruinas, ya vigila ambos destinos.
El relato se abre en un pantano donde nada vive del todo: árboles secos, charcas quietas, los restos de una fortaleza tragada por el musgo. Hasta esa torre llega una polilla de alas marcadas con ojos, y algo que aguarda en la oscuridad la recibe como a una hija y le exige noticias de una ciudad lejana. La escena dura poco y no explica nada, pero fija el tono: alguien observa desde lejos, con paciencia y sin piedad, y ya ha elegido su objetivo.
Ese objetivo se llama Kranzinnport, un puerto de la costa Rocaniana que se aferra a los acantilados con torres retorcidas como caracolas y muros blanqueados por la sal. Lo conocemos a través de Odger Pellin, encargado jefe del mercado, un hombre sin ambición de héroe que se levanta antes del alba, prepara té para su mujer y su hijo pequeño y arbitra las disputas menudas de vendedores, costureras y panaderos rivales. La novela se toma su tiempo con esta cotidianidad, y ahí está su primera apuesta: antes de amenazar a la ciudad, la hace querible. Hace casi dos años que no hay incursiones; la vida es dura pero previsible, y Odger se cree afortunado.
La tarde en que la familia baja a comer al mirador sobre la bahía, el mar cambia. Las nubes convergen desde los dos extremos del horizonte, el agua hierve a treinta kilómetros de la costa y de las olas asciende una masa de piedra negra que no figura en ningún mapa. Los pescadores regresan a remo, las campanas de los cuarteles llaman a formar y una lluvia aceitosa trae consigo un olor a descomposición. La ciudad no tiene guarnición de Stormcast Eternals; tiene murallas, un regimiento propio y la certeza, cada vez más frágil, de que eso bastará.
El segundo hilo se abre a un continente de distancia, en la Franja Siempreverde, donde la ciudad de Xil’anthos ha crecido a machetazos sobre la selva hasta parecer próspera y cómoda. Allí llega Amara Fidellus: quemada por el sol, delgada hasta la dureza, con una cicatriz que le tuerce la boca en desdén permanente y una rama por bastón. Viste todavía la túnica de sacerdotisa guerrera del templo de Sigmar, pero arrojó el martillo a las ciénagas y quemó las escrituras con las manos aún sucias de enterrar a los suyos. Su cruzada partió cantando himnos para fundar civilización en las tierras salvajes y se deshizo en el camino, entre la enfermedad, el agotamiento y la carga aullante de los devotos de Slaanesh.
De ese naufragio no salió una superviviente en busca de consuelo, sino una predicadora al revés. En cada plaza a la que llega, Amara interrumpe a los sacerdotes que la presentan como ejemplo y proclama lo contrario de lo que esperan oír: que el dios rey ha vuelto la espalda, que las oraciones se evaporan como rocío, que la fe fue el precio y no la recompensa. En algunos lugares la escuchan; en otros, como el pueblo que atravesó dos semanas atrás, se lleva un golpe en la cara por respuesta. La obra no la trata ni como hereje ni como profeta, sino como alguien cuyo dolor tiene argumentos.
Sobre ese armazón —la ciudad sencilla a la que le cae encima lo inconcebible, la creyente que ya no cree y la inteligencia antigua que pregunta por Kranzinnport desde su torre— se construye una historia de horror gótico y frontera asediada. Interesa menos el prodigio que emerge del agua que la pregunta que deja planteada: qué sostiene a la gente corriente cuando las murallas, el valor y la fe resultan ser, cada uno a su manera, ilusiones necesarias.