Crónica periodística sobre el acuerdo secreto que unió durante décadas a un capo del hampa de Boston con la oficina local del FBI. Dick Lehr y Gerard O'Neill reconstruyen cómo James Whitey Bulger, señor del crimen en South Boston, se…
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Crónica periodística sobre el acuerdo secreto que unió durante décadas a un capo del hampa de Boston con la oficina local del FBI. Dick Lehr y Gerard O'Neill reconstruyen cómo James Whitey Bulger, señor del crimen en South Boston, se convirtió en informante de la agencia federal y, lejos de quedar bajo control, terminó usando esa alianza para eliminar rivales, esquivar redadas y reinar sin ser detenido. En el centro está John Connolly, el agente criado en el mismo barrio de viviendas sociales que su confidente, cuya lealtad al vecindario acabó pesando más que su placa. Un relato sobre poder, impunidad y la delgada frontera entre perseguir el delito y protegerlo.
En una noche sin luna de 1975, un agente federal aparca junto a una playa de Quincy y espera. El hombre que sube a su coche no llega en otro vehículo: se ha acercado caminando por la arena, desde el mar, después de comprobar que nadie mira. Esa escena, mitad cita clandestina y mitad reencuentro de barrio, abre la reconstrucción de uno de los escándalos más corrosivos en la historia del FBI.
El libro sigue dos biografías que crecieron a pocas manzanas de distancia en South Boston, el enclave irlandés más cerrado de la ciudad. Por un lado, un gánster de pelo rubio platino que pasó de las peleas callejeras y los atracos a bancos —con paso por Alcatraz incluido— a dominar los negocios ilegales de su barrio y, más tarde, a encabezar los bajos fondos de toda la región. Por otro, un agente ambicioso que regresó a su ciudad natal decidido a lograr un golpe de efecto: reclutar como informante al hombre al que ningún investigador conseguía tocar. La oferta que le hace es sencilla y venenosa: necesitas un amigo.
Lo que sigue no es la historia de un soplón vigilado por sus superiores, sino la de una relación que invierte poco a poco los papeles. La agencia federal buscaba munición contra la mafia italiana; a cambio, fue despejando el camino de su propio colaborador. Investigaciones filtradas, escuchas frustradas, rivales entregados en bandeja, cargos que nunca prosperaban: durante años, policías estatales, detectives locales y agentes antidroga chocaron una y otra vez contra un muro invisible mientras su objetivo se marchaba indemne. En paralelo, un hermano menor construía una carrera política intachable en la cima del Senado estatal, y la ciudad ardía con la crisis del transporte escolar y los enfrentamientos raciales que convirtieron South Boston en portada nacional.
Los autores, reporteros de investigación que empezaron a tirar del hilo a finales de los años ochenta, cuentan también su propia historia: cómo descartaron por absurda la hipótesis de que un jefe irlandés pudiera ser confidente —en una cultura donde delatar era el pecado imperdonable—, cómo la sospecha volvía una y otra vez, y cómo la confirmación, obtenida desde dentro de la propia agencia, fue negada con furia y tardó casi una década en imponerse en los tribunales. Cuando los archivos sellados salieron por fin a la luz, mostraron sobornos, cenas compartidas, regalos y una arrogancia de propietarios.
Más que un retrato de criminales pintorescos, es un estudio sobre el abuso de poder que nadie fiscaliza: qué ocurre cuando la institución encargada de vigilar decide que ciertos delincuentes le resultan demasiado útiles, y quién paga la factura mientras tanto —los extorsionados sin recursos, las víctimas de crímenes que jamás se resolvieron, los contribuyentes de operaciones saboteadas desde dentro. La edición actualizada incorpora el desenlace: la condena del agente por su papel en una muerte planeada y la captura del capo tras dieciséis años como fugitivo, viviendo a plena vista en una ciudad costera de California.