Comedia romántica navideña de Lola Lumar. A dos días de Nochebuena, Emma —treinta y dos años, recepcionista de spa y coleccionista de sueños aplazados— se queda sin coche y sin excusas: tiene que recorrer los seiscientos kilómetros que…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Comedia romántica navideña de Lola Lumar. A dos días de Nochebuena, Emma —treinta y dos años, recepcionista de spa y coleccionista de sueños aplazados— se queda sin coche y sin excusas: tiene que recorrer los seiscientos kilómetros que separan Madrid de A Coruña porque en la cena familiar estará Jorge, el novio del instituto con el que las cuentas quedaron a medias. Sin dinero para un vuelo y con demasiado orgullo para pedirlo prestado, acepta el único asiento libre que encuentra: el de Samuel, un ingeniero de minas parco, puntual hasta la crueldad y bastante menos aburrido de lo que prometía su foto borrosa. Una road movie de invierno narrada en primera persona, con humor ácido y un ojo muy afilado para las miserias cotidianas.
Emma se repite cada mañana que no es una perdedora, y cada mañana le cuesta un poco más creérselo. A los treinta y dos años trabaja de recepcionista en un spa donde recoge toallas ajenas y sonríe por obligación, comparte piso en el centro de Madrid con Chus —abogada, generosa, con una cuenta bancaria que jamás menciona— y arrastra un historial sentimental que ella misma describe como una sucesión de fiascos. Quería ser escritora, viajar, firmar libros; de momento le ha tocado ver cómo todas sus amigas parecen haber descifrado un manual de la felicidad que nadie le pasó a ella.
La historia arranca en un taller mecánico, con un veredicto sin apelación: su Fiat Panda de 1980 está muerto. La avería llega en el peor momento posible, porque este año la cena de Nochebuena no es una cena cualquiera. Las familias de Emma y de Jorge —su novio desde los dieciséis hasta los veintidós, el que se marchó con la rubia de Economía Avanzada— van a celebrarla juntas para brindar por el negocio que sus padres han montado en común. Emma ha decidido que eso no puede ser casualidad, sino una señal, y ha depositado en esa noche todas las expectativas de las últimas dos semanas.
Con los billetes de avión por las nubes, los trenes llenos y una negativa rotunda a aceptar dinero prestado —de Chus o, peor aún, de unos padres capaces de recordarle delante de todos que estudió una carrera—, Emma acaba rastreando aplicaciones para compartir coche. Entre anuncios sin foto y furgonetas cargadas de estudiantes aparece Samuel: treinta y cinco años, ingeniero de minas, barba descuidada, imagen desenfocada y una única razón declarada para el viaje, «me gusta la compañía». Sus mensajes son secos, cortantes, casi molestos por que alguien haya contestado. Es, con diferencia, la peor opción posible. También es la última que le queda.
La mañana de la partida confirma los peores augurios: un mensaje no leído, media hora de espera, un ultimátum por teléfono y una ubicación compartida que caduca como una amenaza. Pero cuando Emma llega por fin al punto de encuentro, el hombre que la espera junto al coche no se parece ni al estereotipo que había imaginado ni a la fotografía del anuncio. Empieza así un trayecto largo, invernal y lleno de puertos de montaña, en el que la impaciencia mutua tendrá muchas horas para convertirse en otra cosa.
Narrada por una protagonista que interpela al lector con confianza de amiga, la novela alterna la comedia costumbrista —la maleta imposible, la llamada de la madre, el arroz tres delicias del chino, el sermón contra el amor romántico de una amiga psicóloga y referente del poliamor— con una reflexión nada solemne sobre las expectativas, la nostalgia mal entendida y el precio de rebajar los propios estándares. La propia Emma lo advierte desde el principio: esto no es un cuento de príncipes y princesas, sino la historia de un pez y una rana que se encontraron muy a gusto en una charca sucia.