Germán Arciniegas recorre el siglo XVI desde el mar que lo volvió posible. En este primer libro, «El siglo de oro», el Caribe deja de ser telón de fondo y se convierte en el escenario donde se decide la historia moderna: allí ocurre el…
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Germán Arciniegas recorre el siglo XVI desde el mar que lo volvió posible. En este primer libro, «El siglo de oro», el Caribe deja de ser telón de fondo y se convierte en el escenario donde se decide la historia moderna: allí ocurre el descubrimiento, se ensaya la conquista y se gradúan piratas y almirantes. Entre Botticelli y Guanahaní, entre Colón y Vespucci, el autor narra el paso de un mundo de lagos a un mundo de océanos.
El libro abre con una tesis: el siglo XVI no es de oro sólo para España. Lo es también para la Inglaterra de Isabel, para la Francia de Francisco I, para Cervantes, Shakespeare y Rabelais. Y lo es, sobre todo, porque con el descubrimiento de América la vida cambia de dimensión —se pasa, escribe el autor, de la geometría plana a la geometría del espacio— y ese salto ocurre en un mar concreto: el Caribe.
Esta primera parte sostiene que allí se jugó el drama central de la época. En sus aguas se hizo el descubrimiento, se ensayó la conquista y se formó una academia de aventureros donde no hubo peón ni rey, fraile ni poeta que no tuviera algo de aventurero. Los asaltos de Hawkins y Drake a los puertos españoles se leen como un tablero donde, con dados de piratas, se apuestan las coronas europeas; el choque de San Juan de Ulúa aparece como un giro en la política del continente. Y detrás de los monarcas corre una fuerza anónima —villanos, pescadores, mercaderes, bandidos, estudiantes— que arma los barcos, empuja a los reyes y dibuja el mapa del mundo con un trapo, unas tablas y unos cuchillos.
El relato retrocede después hasta el Mediterráneo para explicar el relevo. Ese mar fue el sujeto de la historia y navegar su verbo, hasta que la caída de Roma apagó la lámpara y Europa se replegó a la selva. El Renacimiento vuelve a encenderla, y el autor encuentra su emblema en Botticelli: la Venus que pisa la costa italiana no nace, regresa. El mismo año en que muere Lorenzo el Magnífico, Colón llega a Guanahaní y aparece otra Venus, desnuda y de piel cobriza, en un litoral de huracanes, tiburones, iguanas y hamacas.
Dos figuras cierran el arco, y ambas llevan un apellido florentino. Simonetta Vespucci, coronada Reina de la Belleza a los dieciséis años, presta su rostro a la imagen final del mar antiguo. Américo Vespucci, con cartas amenas que se traducen a todas las lenguas, le da nombre y forma de continente al mar nuevo. Frente a ellos, Colón: el hombre que tuvo razón y perdió la voz, reducido a pedir licencia para andar en mula mientras su hallazgo circula con la firma de otro. El libro avanza hacia ese contraste con prosa de crónica, ironía medida y un pulso que trata la historia a la vez como epopeya y como novela picaresca.
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