Tras el accidente de tráfico que le arrebató a su hermano Zack, Bill despierta en un hospital de Hamburgo incapaz de sentir nada. Para alejarlo de la prensa lo instalan en una casa perdida entre bosques helados, donde el duelo de los demás…
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Tras el accidente de tráfico que le arrebató a su hermano Zack, Bill despierta en un hospital de Hamburgo incapaz de sentir nada. Para alejarlo de la prensa lo instalan en una casa perdida entre bosques helados, donde el duelo de los demás lo rodea sin llegar a rozarlo. En sus caminatas descubre una vivienda abandonada y, en una de sus habitaciones, un viejo espejo cubierto de polvo que una tarde deja de devolverle su reflejo: al otro lado hay una chica que ríe, habla por teléfono y termina mirándolo a los ojos.
La novela arranca en una habitación de hospital blanca, con un joven que guarda sus cosas en un bolso de mano como si ordenar objetos fuera la única tarea capaz de sostenerlo. Bill ha sobrevivido a un choque; su hermano Zack, que conducía porque él no quiso hacerlo esa mañana, no. Dos semanas después, con un moratón violáceo todavía extendido sobre media cara y unas gafas oscuras por escudo, comprueba que todos a su alrededor cargan una tristeza que a él le resulta ajena. No es que la reprima: sencillamente no la encuentra.
Para protegerlo del asedio mediático, la familia lo traslada a una casa aislada en el campo alemán, el hogar de Sarah y Frederick, donde se come a la una en punto y el invierno cubre los caminos con una película de hielo casi invisible. Allí Bill ocupa un cuarto de planta baja cuya ventana enmarca el bosque como un cuadro, toma los medicamentos que le recetaron, duerme mal y despierta gritando pesadillas cuya angustia no logra retener al abrir los ojos. El duelo solo lo alcanza de forma oblicua, en recuerdos nítidos de la infancia compartida con su hermano: una caminata al río, piedras lanzadas al agua, preguntas sobre el divorcio de sus padres, una tarde junto a la piscina discutiendo si existen los fantasmas.
En una de sus salidas encuentra, al otro lado del bosque, una casa abandonada con los cristales rotos y los muebles sepultados bajo el polvo. Le parece un lugar hecho a su medida y regresa a ella con una libreta que no consigue llenar. En el segundo piso, una habitación con una pesada cajonera y un espejo apoyado contra la pared empieza a comportarse de un modo imposible: destellos sin origen, una risa que suena lejana y próxima a la vez y, finalmente, la figura de una chica que conversa por teléfono, se estira frente al cristal y clava sus ojos grises en los de él.
A partir de ese hallazgo, el relato entrelaza el duelo con lo fantástico. Narrada en primera persona, con capítulos breves que alternan el presente rural y los flashbacks de una vida anterior de fama y viajes, es una historia sobre la anestesia emocional que sigue a una pérdida y sobre la posibilidad de que alguien situado al otro lado de una superficie de vidrio devuelva la capacidad de sentir. Veintinueve capítulos y un epílogo desarrollan ese encuentro, presentado desde la dedicatoria como una fantasía sobre alcanzar el corazón de un amor imposible.