Ya anciano y retirado en Damasco, Bilal —hijo de esclavos abisinios, nacido y criado en la servidumbre de La Meca— toma la palabra para contar cómo un solo gesto de desobediencia lo arrancó de una vida sin opciones y lo llevó, pasando por…
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Ya anciano y retirado en Damasco, Bilal —hijo de esclavos abisinios, nacido y criado en la servidumbre de La Meca— toma la palabra para contar cómo un solo gesto de desobediencia lo arrancó de una vida sin opciones y lo llevó, pasando por la tortura, hasta la compañía de Mahoma. H. A. L. Craig construye a partir de esa voz una novela histórica en primera persona que recorre los veintidós años fundacionales del islam desde la mirada del hombre que llegaría a ser su primer almuédano.
La Meca de principios del siglo VII es una ciudad sin árboles ni pájaros, encajada en un valle de piedra, que vive del comercio y de los trescientos sesenta ídolos guardados en la Kaaba. Allí, apoyado contra una pared en la postura que se espera de los esclavos, un joven llamado Bilal escucha a los mercaderes burlarse de un vecino que ha empezado a hablar de un Dios único. La burla se vuelve inquietud cuando alguien advierte lo que ese mensaje implica: si Dios está en todas partes, el negocio de las peregrinaciones deja de tener sentido; y si todos los hombres son iguales ante Él, la casa entera del amo se tambalea.
El relato arranca con la escena que decide una vida. Interrogado un hombre libre y humilde, Amar, sobre lo que enseña Mahoma, responde sin bajar la cabeza, y el amo de Bilal ordena a su esclavo que lo azote para demostrar la distancia que separa a un señor de La Meca de una propiedad comprada con dinero. Bilal deja caer el látigo. La rebeldía se paga con la sentencia del sol: la noche de espera, los recuerdos de unos padres etíopes consumidos por las cubas de tinte y la tos, el tormento a la intemperie con piedras sobre el pecho y una visión de jardines y aguas que el propio narrador no se atreve a llamar milagro. Cuando el amo lo da por muerto, Abu Bakr paga doscientos dirhams por un cuerpo que ya nadie considera mercancía y lo devuelve a la libertad.
De ahí en adelante, la vida del liberto se confunde con la del Profeta. Craig lo lleva desde la convalecencia en casa de Abu Bakr hasta el primer encuentro con Mahoma —un hombre que llora al verlo, que le ofrece los mejores dátiles del cesto y que lo invita a sentarse por primera vez entre iguales—, y desde ahí a las funciones que la tradición le atribuye: la llamada a la oración desde lo alto, el abastecimiento de los primeros y escasos ejércitos, la costumbre doméstica de golpear cada amanecer la puerta del Profeta para avisarle de la hora de rezar. El arco se cierra en el duelo: muerto Mahoma, las piernas le fallan, ya no vuelve a subir los peldaños del alminar y termina sus días en Siria, hacia el año 644.
La obra nació de una sugerencia de Mustafá Akkad mientras Craig trabajaba en el guion de la película sobre la vida del Profeta, y de la constatación de que apenas quedan datos sobre un personaje al que todos daban por presente. Esa escasez documental es aquí una elección de forma: el autor entrega la narración al propio Bilal, con una oralidad digresiva que se disculpa por apartarse del tema, alterna el humor seco del superviviente con la reverencia, y se niega expresamente a adornar la figura del Profeta con prodigios. Lo que queda es un retrato de la esclavitud contada desde dentro —el amo que es voz antes que rostro, el precio que equivale al resto de la vida— y una novela sobre el momento en que un hombre sin derechos descubre que nada puede obligarlo a obedecer.