Besos humanos reúne la prosa breve de Francisco Ferrer Lerín en una selección preparada por Ignacio Echevarría, que firma también el epílogo. El volumen avanza por piezas de pocas líneas o pocas páginas donde conviven el relato onírico, la…
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Besos humanos reúne la prosa breve de Francisco Ferrer Lerín en una selección preparada por Ignacio Echevarría, que firma también el epílogo. El volumen avanza por piezas de pocas líneas o pocas páginas donde conviven el relato onírico, la nota de campo ornitológica, la memoria personal, el apunte lexicográfico y la escena grotesca. Sin transición entre lo erudito y lo brutal, el libro compone un territorio propio en el que la carroña, las aves y el cuerpo funcionan como materia literaria y como forma de mirar.
Publicado por Anagrama en su colección Narrativas hispánicas, Besos humanos ordena la prosa dispersa de Francisco Ferrer Lerín en un recorrido que evita tanto la novela como el libro de cuentos convencional. Las piezas son breves y de naturaleza cambiante: un encuentro imposible con Drácula en un castillo aragonés, una crónica clínica y obscena en un pinar del Vallés, la parábola de un hombre que fracasa una y otra vez por exceso de método, la queja de un narrador que no puede escribir un relato porque el nombre de un pájaro le resulta insoportablemente insulso. Cada texto establece sus propias reglas y las agota antes de que el lector termine de aceptarlas.
El centro gravitatorio del libro está en la naturaleza, pero no en su versión amable. Ferrer Lerín escribe desde el conocimiento directo del naturalista: gestiones municipales para instalar un comedero de buitres en los años sesenta, cámaras frigoríficas de zoológico, restos animales repartidos por farallones del Prepirineo, censos de quebrantahuesos y águilas, discusiones sobre venenos, muladares y hábitos tróficos. Esa precisión técnica no se presenta como divulgación, sino como material narrativo: los datos, las fechas exactas y los nombres científicos conviven con leñadores que describen bestias imposibles y con huellas en el barro que nadie sabe atribuir. La frontera entre observación y fábula queda deliberadamente sin trazar.
Junto a ese eje aparecen otros registros. Hay prosa autobiográfica sobre el cuerpo y su deterioro, con un humor seco que desactiva cualquier patetismo; hay estampas de crudeza sexual y violenta narradas con una frialdad casi notarial; hay sueños urbanos de ciudades vacías, cadáveres y aves; hay fragmentos que son puro proyecto de relato, argumentos esbozados que el autor comenta en voz alta en lugar de desarrollar. Varias piezas caben en un párrafo, y alguna en una sola línea, sin que el efecto se resienta.
Lo que sostiene el conjunto es una voz reconocible: erudita sin solemnidad, atenta al léxico raro y a la etimología, capaz de pasar del término académico al golpe brutal en la misma frase. El desagrado nunca es gratuito ni busca escandalizar; funciona como método de observación, la misma mirada que examina un esqueleto o un festín de buitres sin apartar los ojos. La selección de Echevarría subraya esa continuidad entre el poeta, el naturalista y el prosista, y el epílogo sitúa una obra que ha circulado durante décadas al margen de las corrientes dominantes de la narrativa española. Besos humanos se lee bien de forma salteada, pero recompensa la lectura seguida: los motivos regresan, las criaturas se repiten y el libro acaba revelándose más unitario de lo que su índice sugiere.