«Besos de tres», de Miranda Wolfe, es una novela erótica narrada en primera persona por Mauricio Wolfe, un seductor de veintisiete años convencido de que nadie folla mejor que él, hasta que Giselle le demuestra que también se puede perder…
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«Besos de tres», de Miranda Wolfe, es una novela erótica narrada en primera persona por Mauricio Wolfe, un seductor de veintisiete años convencido de que nadie folla mejor que él, hasta que Giselle le demuestra que también se puede perder el control desde arriba. Ella pertenece a otro hombre —Fernando— y reparte su vida en proporciones fijas: la mayor parte para él, los miércoles para Mauricio. Lo que empieza como una conquista más se convierte en una dependencia narrada sin pudor, entre vídeos compartidos, celos que se confunden con excitación y la decisión de entrar al terreno del rival. Obra para lectores adultos, con escenas sexuales explícitas.
Son las tres de la madrugada y Mauricio despierta con el cuerpo tenso y un solo nombre en la cabeza: Giselle. La novela arranca en ese insomnio —mitad deseo, mitad inventario de agravios— donde el narrador ensaya conversaciones telefónicas que nunca ocurrirán e imagina, con precisión dolorosa, lo que estará pasando en la cama de otro hombre. Ese hombre se llama Fernando, y no es un secreto: Giselle vive con él, trabaja a su lado y, aun así, cada miércoles cruza la ciudad para encontrarse con Mauricio.
Miranda Wolfe construye el relato como una confesión sin filtro. Mauricio se presenta a sí mismo como un cazador profesional, un veintesietañero que colecciona conquistas como quien colecciona pruebas de su propio valor, y que sostiene que la verdad solo se dice después del orgasmo, cuando la sangre vuelve a la cabeza. Desde esa lógica cuenta cómo conoció a Giselle: un bar, una apuesta con el bartender, un vaso de bourbon y una mujer que se define de entrada como prohibida y ofrece una sola noche —una que, advierte, puede convertirse en para siempre o en nada.
Fue para siempre, a plazos. Lo que sigue es la crónica de un acuerdo tácito y desigual: encuentros con horario, despedidas a media caricia, un reloj que siempre gana. Mauricio acepta las reglas y al mismo tiempo las erosiona. Pregunta lo que no quiere oír, pide relatos que le duelen, mira los vídeos que Fernando graba y que Giselle le reenvía, y descubre que los celos y el deseo comparten la misma raíz. En la playa, durante unas vacaciones pagadas por el hombre al que traiciona, entiende de una vez que ella nunca fue suya del todo; esa noche, sin embargo, obtiene de Giselle una entrega que él interpreta como propiedad.
La tensión se vuelve estructural cuando Mauricio decide dejar de imaginar al rival y ponerse frente a él. Con la ayuda reticente de Giselle, se presenta a una vacante en la empresa de Fernando y consigue el encuentro que buscaba: dos hombres midiéndose por encima de un café y un apretón de manos, cada uno sabiendo más de lo que dice. La entrevista funciona como duelo cortés y como espejo: el seductor descubre que el enemigo tiene modales, criterio y una calma que él no sabe imitar, y empieza a sospechar que quizá no sea un rival sino la otra mitad de una misma ecuación.
Entre escena y escena, el narrador intercala una teoría propia sobre el deseo y la costumbre —un experimento con ratones, una alusión a Madame Bovary, una lista de reglas que él mismo rompe— que da al libro su verdadero tema: no el triángulo en sí, sino la aritmética emocional de quien acepta ser una fracción del tiempo de alguien y llama libertad a esa renuncia. La voz es cruda, jactanciosa y a ratos deliberadamente incómoda; el sexo se narra sin eufemismos y con un vocabulario directo que forma parte del carácter del protagonista.
El volumen incluye una nota de agradecimientos de la autora y un fragmento de su novela anterior, «Loca por él». Publicación para público adulto: contiene descripciones sexuales explícitas y no es apta para menores de edad.