Primera entrega de la saga Dulce agonía, esta novela de Karin Santana sigue a Aisa Barret, una estudiante de último año cuya vida ordinaria —clases, amigas, películas de terror los fines de semana— se rompe la noche en que encuentra a su…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Primera entrega de la saga Dulce agonía, esta novela de Karin Santana sigue a Aisa Barret, una estudiante de último año cuya vida ordinaria —clases, amigas, películas de terror los fines de semana— se rompe la noche en que encuentra a su familia asesinada con la firma inconfundible del criminal que aterroriza al país: una media luna marcada en el ojo de cada víctima. Lo que empieza como duelo y conmoción se transforma en una historia de romance oscuro, en la que la atracción por un hombre de ojos grises resulta tan destructiva como el crimen que la originó. Un thriller con contenido explícito y violencia gráfica, narrado en primera persona y en presente, dirigido a lectores adultos.
Aisa Barret tiene diecisiete años, dos mejores amigas inseparables y una familia que adora: unos padres cariñosos y un hermano pequeño al que consiente sin medida. Su vida transcurre entre los pasillos del instituto, las conversaciones sobre el examen de admisión a la universidad y las maratones nocturnas de cine de terror bajo las sábanas, con palomitas y las luces apagadas. Le fascina el miedo, siempre que sea ficticio.
Pero algo en ella no encaja del todo. De vez en cuando la asalta una melancolía sin causa, una sensación de vacío y extrañamiento, como si le hubieran arrancado algo que nunca llegó a tener. Un día, en plena clase, se sumerge tanto en la imagen de un incendio que llora sin darse cuenta: se ha visto a sí misma perdiendo a sus padres entre las llamas. Es la primera grieta, y ni ella sabe interpretarla.
Mientras tanto, el país entero sigue las noticias sobre el Asesino de la Luna. Nadie conoce su rostro, su origen ni sus motivos; no elige por edad ni por sexo, no deja rastro, y solo se le reconoce por la media luna que tatúa en el ojo derecho de quienes mata. Para Aisa y sus amigas es, al principio, un tema de conversación morboso y remoto —¿huirían?, ¿negociarían?, ¿tendría sentido resistirse?—, hasta que las noticias empiezan a acercarlo, ciudad tras ciudad, a la suya.
Una tarde de tormenta, Aisa se queda en casa de su amiga América y no logra comunicarse con su familia. Cuando regresa, encuentra la casa a oscuras, la cena servida y fría sobre la mesa, y un rastro que la conduce escaleras arriba. Lo que ve en la habitación de sus padres reproduce, con precisión insoportable, las escenas que tanto disfrutaba en la pantalla, con una única diferencia: esta vez las víctimas son los suyos. La media luna está allí, como una firma.
El duelo la deja muda ante la policía y al borde del colapso mental. Sepulta a su familia en ataúdes cerrados, rodeada de condolencias que no quiere escuchar, y descubre que el dolor no la destruye del todo: la reconfigura. A partir de ahí, la novela abandona el terreno del thriller convencional para adentrarse en el romance oscuro que anuncia su título. Aisa se ve arrastrada hacia un hombre de ojos grises —cruel, cínico, incapaz de ofrecer nada bueno— en una relación donde la fascinación y el daño resultan inseparables, y donde la protagonista reconoce que su propia oscuridad encuentra un eco perturbador en la de él.
Santana construye el relato en primera persona y en tiempo presente, con un ritmo que alterna la calidez cotidiana de la vida familiar y adolescente con pasajes de violencia explícita y detallada. El contraste es deliberado: cuanto más entrañables resultan las escenas de desayunos, guerras de almohadas y bromas entre amigas, más brutal es la irrupción del horror. Besos con sabor a muerte abre la saga Dulce agonía planteando una pregunta incómoda que atraviesa todo el libro: qué queda de alguien cuando pierde aquello que la definía, y hasta dónde puede llegar el deseo de destruirse.
Recomendada para lectores adultos de romance oscuro y suspenso criminal. Contiene descripciones gráficas de violencia, escenas de crímenes explícitas y una relación romántica marcada por dinámicas de daño.