En un pequeño pueblo de Iowa donde todos se conocen, una joven que cuenta los días para marcharse acoge en su casa a un desconocido que oculta quién es realmente.
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En un pequeño pueblo de Iowa donde todos se conocen, una joven que cuenta los días para marcharse acoge en su casa a un desconocido que oculta quién es realmente. Lo que empieza como un accidente de moto y unas costillas magulladas se convierte en una atracción incómoda entre dos personas con planes que no admiten distracciones.
Kaitlyn Killeen ha organizado su vida como quien prepara una fuga: sesenta y cinco días más en Shelby, el último curso terminado, y después Chicago, la moda, una existencia elegida por ella y no heredada. Mientras tanto cocina para su padre y sus hermanos, cumple horario en la planta electrónica que sostiene al pueblo entero y guarda como pequeños tesoros los cumplidos que le han hecho a lo largo de los años, porque son la prueba de que hay otra vida esperándola en alguna parte.
Ese plan se tambalea la noche en que su padre provoca un accidente de tráfico y trae a casa al motorista herido. Clay dice llamarse Reynolds, dice estar en el paro y dice llevar veinte dólares en el bolsillo. También sabe qué es el Mandarine Napoleon, coloca bien los cubiertos sin pensarlo y reconoce el nombre de una diseñadora que casi nadie por allí ha oído nombrar. Kaitlyn le venda las costillas con una eficiencia deliberadamente impersonal y decide, mientras lo hace, que ese hombre no le conviene.
Lo que ella no sabe es que él ha llegado a Shelby con un nombre falso y un encargo: averiguar por qué las cifras de la fábrica no cuadran, aunque una auditoría independiente insista en que todo está en orden. Cada gesto suyo es una interpretación, y cada persona que se cruza en el pasillo de la planta —incluido un antiguo compañero al que su cara le resulta vagamente familiar— es una amenaza para la investigación.
La novela avanza sobre esa doble tensión. Por un lado, la de una comunidad pequeña en la que un almuerzo compartido se convierte en rumor antes del postre y donde nadie parece entender por qué alguien querría marcharse. Por otro, la de dos personas que se desean sin querer desearse: ella porque ha aprendido que el afecto es la forma más eficaz de quedarse anclada; él porque una traición reciente le dejó dañada la confianza además del corazón, y porque no puede ofrecer siquiera su verdadero apellido.
Entre cervezas bajo un ventilador que no da abasto, platos secados en la cocina y conversaciones que revelan más de lo que ninguno pretendía, la trama avanza hacia el momento inevitable en que la mentira sostenida deje de sostenerse. Catorce capítulos y un epílogo para averiguar si un plan de fuga admite compañía, y si la verdad llega a tiempo de ser perdonada.