En agosto de 2011, una joven londinense planta su tienda en una comuna perdida entre montañas españolas, sin cobertura ni Internet, con un propósito que no piensa confesar a nadie: buscar pruebas de la muerte de Tess, una mujer a la que…
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En agosto de 2011, una joven londinense planta su tienda en una comuna perdida entre montañas españolas, sin cobertura ni Internet, con un propósito que no piensa confesar a nadie: buscar pruebas de la muerte de Tess, una mujer a la que solo conoció a través de una pantalla. Mientras espera, decide poner por escrito todo lo ocurrido. Promete un relato de hechos, sin sentimentalismos; lo que va apareciendo entre las líneas es otra cosa.
La obra se abre con una despedida por videollamada. Una noche de viernes, nueve semanas después de empezar lo que ambas llaman «el proyecto», Tess llora por primera vez delante de la narradora y le pide algo muy simple: verla. La narradora se niega, no por prudencia sino por un miedo íntimo a decepcionar. Días más tarde, Tess da unos golpecitos en la lente, pregunta si ya tiene todo lo que necesita, se despide y apaga la cámara. Esa conversación, repetida después una y otra vez en la cabeza de quien la cuenta, es el punto de fuga de todo el libro.
De ahí saltamos al presente del relato: un claro con vistas a un valle, montañas azules y grises, un río plateado, treinta y dos grados de calor bochornoso y una batería de portátil que hay que racionar. La narradora observa a la comunidad que la rodea —túnicas, bongós, perros sin dueño aparente, un retrete que es un hoyo con un cartel— con una mezcla de literalidad y desdén que la retrata mejor que cualquier descripción de sí misma. Ha venido a enseñar una fotografía y a preguntar por una amiga de la que dice haber perdido la pista. La parte que se calla es que busca la confirmación de una muerte.
El grueso del texto es esa crónica que ella se impone escribir, y que avanza hacia atrás. Está la madre enferma de esclerosis múltiple, la casa vendida en Kentish Town, el piso oscuro sobre un restaurante de curry en Rotherhithe elegido casi por renuncia, los muebles que nunca reclamó del guardamuebles y una discusión mínima —un chiste que la madre no entendió— que concentra todo el duelo que la narradora asegura no estar contando. Está también el trabajo como probadora de software, las ocho horas diarias de World of Warcraft y, sobre todo, Red Pill: el foro de filosofía de Adrian Dervish, con su lema «Elige la verdad», sus podcasts de voz cálida y sus debates sobre epistemología, libertarismo y dilemas morales, donde por fin encuentra un idioma que domina.
Ese contraste sostiene la novela. La narradora es minuciosa con los datos —temperaturas consultadas, precios exactos, fechas, notas tomadas— y opaca con todo lo demás; escribe para dejar constancia ante una policía que ya la ha interrogado, ante una psicóloga cuyas conclusiones sobre el aislamiento y la vulnerabilidad rechaza punto por punto, y ante un lector que, sin embargo, no existe todavía. Su insistencia en el rigor es también su coartada. Y hay al menos una cosa que ha decidido no contar a nadie: Connor, un nombre al que su propia mente parece alérgica.
El resultado es un relato de suspense psicológico construido con materiales cotidianos: mensajes, foros, perfiles, videollamadas, listas de amigos que no son amigos. Habla de hasta qué punto puede conocerse a alguien a través de una pantalla, de la diferencia entre observar una cara y verla, y de qué queda de una persona cuando otra ha estudiado todos sus matices. La voz —joven, literal, sin autocompasión y con un humor involuntario— es el auténtico hallazgo: cuanto más se esfuerza por atenerse a los hechos, más deja ver lo que los hechos no explican.