Oliver tenía doce años cuando unos hombres irrumpieron en su casa una tarde de sábado y acabaron con su familia por una nota que su padre había publicado en el periódico.
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Oliver tenía doce años cuando unos hombres irrumpieron en su casa una tarde de sábado y acabaron con su familia por una nota que su padre había publicado en el periódico. Doce años más tarde, formado en el box y con un plan medido al detalle, se instala en el piso veintinueve de un edificio abandonado para preparar su venganza contra quien dio la orden y hoy gobierna la ciudad. En el camino descubre que le importan dos personas —una joven ciega y una niña de la calle— y que la ciudad esconde algo más turbio de lo que él imaginaba.
La primera imagen de esta novela es un hombre solo en el piso veintinueve de un edificio vacío, con las ventanas rotas y la ciudad entera encendida a sus pies. Desde ahí Oliver cuenta, en primera persona y en presente, lo que lo trajo hasta ese lugar: la tarde de sábado en que su familia se reunió en la sala para ver una película y unos hombres derribaron la puerta. Su padre, periodista, había demostrado por escrito que el jefe de la policía estaba coludido con la delincuencia. El precio de esa nota lo pagaron su madre, sus dos hermanos y su hermana, mientras el niño de doce años miraba todo escondido debajo de una mesa, sin atreverse a salir porque la mirada de su hermana le pidió que no lo hiciera.
Doce años después, aquel niño que no habría ganado una pelea ni contra una gallina ha convertido su cuerpo en un instrumento. El box le dio disciplina, torneos, un entrenador y también una derrota que no logra explicarse del todo. Pero la técnica no basta: cada noche que sale a las calles muertas de la ciudad, con la capucha puesta para esquivar cámaras que nadie revisa, siente que las piernas le pesan el doble. La novela dedica buena parte de su fuerza a esa distancia entre el plan y la mano que debe ejecutarlo, y al ensayo moral que Oliver se impone: dejar que un delincuente lo ataque para perder el miedo, ponerle un cuchillo en el cuello y descubrir que todavía no es capaz de matar.
A su alrededor se ordenan dos afectos que no había pedido. Candy, una niña de cinco años que vive entre los vagabundos del edificio, lo espera cada mañana en la puerta con una bola de algodón a la que llama señor Wuau; es la única que sabe a qué hora sale y a qué hora regresa. Y Amy, hija de la dueña de la cafetería donde Oliver trabajó siete años frente al palacio de gobierno, ciega desde un accidente que le costó al padre y al hermano la vida, y que se ríe de su propia ceguera con una puntería exacta para las cachetadas. Oliver decide alejarse de ella para no arrastrarla a lo que viene, y esa despedida —negociada hasta quedar en dos llamadas por semana y en la promesa de seguir leyéndole su libro favorito por teléfono— es una de las escenas más limpias del relato.
La ciudad funciona como el tercer personaje. Camionetas blindadas se llevan muchachas a plena luz del día y los transeúntes cruzan la calle como si no hubiera pasado nada; las bandas entran a los comercios no a robar, sino a destruir por diversión; la policía nunca interviene porque forma parte del arreglo. Cuando un grupo de tatuajes de llamas se detiene frente a la cafetería, Oliver reconoce al hombre que disparó a su hermano mayor, y su venganza deja de tener un solo nombre para convertirse en una lista. El objetivo mayor sigue en pie: en un mes, durante la fiesta de las calles, el gobernador saldrá al balcón a dar su discurso, y hay pasadizos coloniales bajo el centro que casi nadie recuerda.
“Berzerker. La locura de la venganza” avanza así en dos tiempos —el recuerdo que no cicatriza y la cuenta regresiva hacia la fiesta— y con un narrador que mide sus golpes con precisión de peleador y sus dudas con una honestidad incómoda. Bajo la trama de justiciero late una pregunta más simple: qué queda de un hombre cuando la única cosa que ha construido en doce años es el día en que va a cobrar una deuda, y qué le ocurre a ese plan cuando la ciudad resulta ser mucho más oscura de lo que él había calculado.