Uruguay, 1885. Desde San Fructuoso, la anciana Josefina Péguy responde a un periodista que le pide material sobre el coronel Bernabé Rivera, y lo que empieza como una carta erudita se convierte en un ajuste de cuentas con la memoria…
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Uruguay, 1885. Desde San Fructuoso, la anciana Josefina Péguy responde a un periodista que le pide material sobre el coronel Bernabé Rivera, y lo que empieza como una carta erudita se convierte en un ajuste de cuentas con la memoria nacional. Entre partes militares, recortes y recuerdos heredados, se reconstruyen las matanzas de charrúas de 1831 y la muerte del coronel en Yacaré Cururú. Tomás de Mattos convierte el archivo en literatura y la historia oficial en una pregunta incómoda.
Un prólogo fechado en Tacuarembó en 1946 presenta a Josefina Péguy (1833-1912) como una mujer de fortuna y jardines, criada entre libros, idiomas y prohombres del Plata, dueña de una memoria implacable y de una rebeldía que sus allegados prefirieron llamar excentricidad. Entre sus papeles apareció un cuaderno: la extensa carta que en setiembre de 1885 dirigió a Federico J. Silva, director del semanario “El Indiscreto”, quien le había pedido, con sequedad, cuanto tuviera sobre Bernabé Rivera. El encargo fue atendido con exceso.
Josefina corrige primero un error menor —Bernabé era sobrino, no hermano, de don Frutos— y luego uno mayor: el adjetivo “homérico” con que su corresponsal envuelve al coronel. Ella acepta la comparación, pero al revés, mirando a los aqueos con los ojos de Andrómaca, como bestias depredadoras cuya gloria se escribe con polvo de muertos. Sobre esa desconfianza monta su relato. De la vida de Bernabé elige apenas dos tramos: la formación del carácter entre 1811 y 1826 —el niño incorporado a la revolución, el cautiverio en Río de Janeiro, la instrucción militar portuguesa, Sarandí, el retiro junto a su tío— y los dos años que lo definen, 1831 y 1832: la campaña contra los charrúas, las matanzas de Salsipuedes, la estancia de Bonifacio Benítez y Mataojo, y el final del coronel a manos de indios que nada habían tenido que ver con la sublevación que reprimía.
La novela avanza con los recursos del siglo XIX —el albacea, el manuscrito hallado, la epístola, los partes copiados, el retrato al carbón— y con una prosa breve y visual que sortea la crónica sin renunciar a la exactitud. Junto a Bernabé crece el retrato de don Frutos Rivera, sagaz y moro de aire, y la figura del cacique Sepé, en cuyos despojos se juega algo más que una polémica erudita.
Primera novela de Tomás de Mattos y clásico inmediato de la narrativa uruguaya, “¡Bernabé, Bernabé!” no busca un culpable pintoresco sino algo más perturbador: mostrar que ningún país pequeño y pacífico está a salvo, que hay caminos rectos hacia la atrocidad y que solo la duda los interrumpe.
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