Berlín, abril de 1945. Mientras el Ejército Rojo cierra el cerco sobre la capital del Reich, un coronel de comandos alemán se encaja en un planeador de bolsillo y despega tirado por un cable, empujado por una orden cifrada de una sola…
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Berlín, abril de 1945. Mientras el Ejército Rojo cierra el cerco sobre la capital del Reich, un coronel de comandos alemán se encaja en un planeador de bolsillo y despega tirado por un cable, empujado por una orden cifrada de una sola palabra: «Lobo». En las mismas ruinas, cinco hombres de un grupo soviético de operaciones especiales avanzan hacia la Cancillería con una misión que su jefe considera más valiosa que la ciudad entera. Dos cacerías simétricas en un escenario donde el final ya está escrito y nadie ha dejado de disparar.
El relato abre con una imagen que funciona como clave de lectura: en las estepas de Asia Central los nómadas adiestran al berkut, una subespecie del águila real capaz de abatirse sobre un lobo, aferrarle el hocico y mantenerlo inmóvil hasta que llega el cazador. Todo lo que sigue puede leerse bajo esa figura: dos depredadores, uno arriba y otro abajo, y un desenlace que depende de quién sujete primero.
28 de abril de 1945. En un bosque triturado por la artillería, al este de Berlín, el coronel Günter Brumm se acomoda en la cabina de un planeador diminuto. Es un comando de élite con una carta del Führer que le concede poder sobre cualquier alemán, veterano de Stalingrado y de misiones que ya no cuenta por número sino por cicatrices. Su evacuación depende de un artefacto bautizado «la honda»: un cable elástico tendido entre dos pértigas que un avión de transporte debe enganchar al vuelo, a la primera pasada, dentro de una tregua de tres minutos negociada con sus propias baterías. Lo que lo pone en marcha no es la retirada, sino un mensaje cifrado de una sola palabra: «Lobo».
En paralelo, cinco jinetes cruzan el mismo paisaje de barro y cadáveres. Forman el Grupo de Operaciones Especiales que dirige Vasily Petrov, un ruso menudo que razona en términos de inversión y rendimiento y mantiene a los suyos detrás de la infantería regular para que sea el ejército quien pague el precio del avance. Lo acompañan Ezdovo, cazador siberiano que lee la oscuridad como un terreno conocido; Rivitsky, corpulento y quejumbroso, con una memoria implacable para el detalle; Bailov, joven y alerta; y Gnedin, el médico que aún no ha aprendido la diferencia entre presenciar la violencia y ejercerla. Su destino es la Cancillería del Reich, al otro lado del Spree, y su misión —insiste Petrov— vale más que todos los kilómetros cuadrados de ruinas que se están conquistando.
Las dos líneas convergen sobre una ciudad que arde bajo bombardeos de quince minutos cada media hora, con la población replegada en los sótanos y la red del metro convertida a la vez en ruta de fuga y en rumor fabricado por la propaganda. La narración avanza en capítulos breves, fechados con hora exacta, que alternan el punto de vista del perseguido y el de quienes lo buscan, y construye la tensión desde el procedimiento: planificar, comprobar, volver a comprobar. Bajo la mecánica del thriller bélico late una pregunta más incómoda: qué queda por hacer con un enemigo cuando la guerra ya está decidida y sólo resta la caza.