La crónica de José Américo «Bepo» Ghezzi, un hombre que durante veinticinco años vivió sobre los techos de los trenes de carga argentinos y a orillas de las vías, en ese país largo y angosto de 45 mil kilómetros por 14 metros de ancho que…
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La crónica de José Américo «Bepo» Ghezzi, un hombre que durante veinticinco años vivió sobre los techos de los trenes de carga argentinos y a orillas de las vías, en ese país largo y angosto de 45 mil kilómetros por 14 metros de ancho que fue el mundo de los crotos. Reconstruida a lo largo de casi cuatro años a partir de sus manuscritos y su memoria prodigiosa, es la historia de un hijo de picapedreros italianos de Tandil que a los veintitrés años eligió el movimiento perpetuo antes que los horarios y los capataces, y que hizo de la libertad una forma de respirar.
A comienzos de los años treinta, en un boliche de Tandil, un muchacho sin trabajo acepta la propuesta de irse al norte en tren de carga a juntar maíz. Se llama José Américo Ghezzi, hijo de un picapedrero italiano que llegó a la Argentina y jamás volvió a moverse; sus amigos lo conocen como Bepo. Aquella primera salida se convierte en veinticinco años de vía: el largo y angosto territorio del ferrocarril, cuarenta y cinco mil kilómetros de riel por catorce metros de ancho, recorrido del maíz al frío y del frío al maíz.
El libro sigue ese itinerario desde el día en que Bepo se reconoce «linye en serio»: la despedida de un compañero que decide volverse, la sociedad silenciosa con Manuel Quirurga —un croto de ley que le dobla en años y le enseña el oficio—, los cargueros tomados al azar rumbo a cualquier parte, Pergamino, Rufino, Venado Tuerto, Río Cuarto, Alta Córdoba, la zafra tucumana que nunca llega a probarse. Hay un aprendizaje minucioso y casi artesanal en esas páginas: cómo encender fuego con diarios y carbonilla sobre el suelo empapado de escarcha, cómo partir un hueso demasiado largo bajo la rueda de un vagón, cómo calentar la tierra con brasas para dormir encima cuando la helada blanquea los pastos como sábanas de vidrio. Y hay también un léxico propio —el tártago, el maranfio, el mono, la bagayera, la ranchada— que funciona como la contraseña de un mundo cerrado.
No es una vida idealizada. Bepo recuerda la primera pelea a muerte que vio, entre el humo de un basural cordobés; la ranchada de Sunchales donde un hombre de dientes picados le ofrece a él y a su compañero un negocio sórdido y les tiende una trampa que solo la mentira y el hambre los ayudan a esquivar; el cuerpo de un linyera que se suelta del techo en plena marcha y queda atrás, sin un grito, entre los pastos escarchados; el cruce de un incendio de campo en La Pampa, con los animales galopando en llamas junto al terraplén y un viejo asfixiándose sobre el mismo vagón. Frente a eso, la hospitalidad elemental de la vía: el agua caliente que se ofrece sin que nadie la pida, el brasero improvisado que hermana a desconocidos en un vagón, el cambista que alumbra dos caras con su farol y desea buen viaje.
Alrededor de esa vida el libro dibuja el mundo que la hizo posible: las golondrinas europeas que volvían tras la cosecha, el gobernador Crotto que habría dispuesto el viaje gratuito en los cargueros y le dio nombre a toda una estirpe, los miles de jóvenes del interior que salían a crotear porque en su pueblo no había otra cosa, las crisis que multiplicaban linyeras, la policía montada arreándolos como ganado hacia la comisaría, las ciudades que los temían y los usaban para asustar a los niños. Detrás está el desarraigo de la chacra argentina y el silencio de quienes nunca contaron su historia.
El autor advierte que no escribió un tratado: cada croto era un universo y no hubo dos iguales. Lo que quedó es una crónica levantada a dúo, sobre ciento treinta y siete fojas manuscritas y dos cuadernos escritos a lápiz en 1942 mientras su autor croteaba, hasta el punto de que ya no se sabe quién de los dos escribe y quién crotea. Un intento —quizá el primero— de entrar en un mundo desaparecido, muy próximo y casi sin testigos, donde la insistencia en andar y no estarse quieto en ninguna parte era la forma más obstinada de defender la propia individualidad.