En un Londres castigado por los bombardeos nocturnos, un puñado de vecinos se aferra a la rutina como si fuera una forma de resistencia: un acuarelista de setenta y seis años que cuenta peniques y escribe cartas a viejas conocidas, la…
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En un Londres castigado por los bombardeos nocturnos, un puñado de vecinos se aferra a la rutina como si fuera una forma de resistencia: un acuarelista de setenta y seis años que cuenta peniques y escribe cartas a viejas conocidas, la dueña de un salón de té que teme más al sobre del casero que a las sirenas, y un tendero que reparte media libra de té y rencores políticos a partes iguales. La obra observa esas vidas menores con una atención minuciosa y sin énfasis, y encuentra en el desayuno, la cartilla de racionamiento y la charola de pasteles medio vacía el verdadero pulso de la guerra.
La acción arranca a las siete de la mañana, con una radio encendida al otro lado de un tabique y un anciano que se niega a levantarse. Horatio Rashleigh tiene setenta y seis años, vive en el ático de una casa donde debe cinco semanas de renta y administra su existencia en columnas de chelines: el té, la pintura, un pincel nuevo, el libro de estampillas, la cuenta del gas que no deja de subir. Fue pintor de barcos y amaneceres, colgó una vez un cuadro en la Real Academia y vio su obra convertida en calendarios, rompecabezas y portadas de libros escolares. Ahora escribe cartas cuidadosamente calibradas a las hijas de sus antiguas clientas, buscando a la vez un recuerdo, una conversación y, sin decirlo nunca, dinero. Detesta los motores, la prisa, la margarina y el swing; añora un mundo de figuras quietas vestidas de seda en un jardín, y ese mundo se le deshace cada vez que una muchacha baja las escaleras a la carrera.
Un piso más abajo, Selina Tippett abre el salón de té que lleva años sosteniendo con su socia Angelina. Su heroísmo consiste en levantar las persianas a las diez, mandar sacudir una perilla llena de polvo de explosión y sostener que seguir viviendo con absoluta normalidad influye, por contagio, en cientos de personas. Detrás de esa serenidad hay un montón de correspondencia que revisa con dedos ansiosos buscando —y no encontrando— el sobre blanco del desalojo. La obra retrocede para contar cómo llegó hasta ahí: dos décadas de obediencia como dama de compañía, tardes libres dedicadas a coleccionar salones de té igual que otros catan vinos, y una herencia inesperada que convirtió el sueño en alquiler firmado y meseras contratadas.
Alrededor de ellos se mueve un reparto pequeño y nítido: Timothy, el portero de melancolía inagotable, que tiende su ropa mojada junto al radiador y anuncia el fin de Londres con voz de cocker spaniel; Angelina, cada vez más impaciente con los clientes desde que empezó a tomar cursos de política; Evelyn, joven y sin culpa, que pone la radio bajito para no molestar; y el señor Dobbie, tendero de cara larga y libro contable, que mide el té con embudo y culpa al gobierno por haberle mentido en la última elección.
No hay grandes acontecimientos: hay una mina terrestre en la esquina de la plaza, un inquilino que se muda al campo, unos guantes cafés perdidos que nadie encontrará. Esa deliberada falta de épica es el hallazgo del libro. La guerra aparecería aquí no como batalla sino como economía doméstica, escasez de grosellas y huevo, oído que ya no distingue las bombas incendiarias, miedo a morir antes de que reabran las galerías. Escrito con ironía seca y una compasión que nunca se vuelve sentimental, el texto observa el roce entre una Inglaterra victoriana que se apaga y otra que llega en motocicleta, y sugiere que la dignidad, cuando queda, cabe entera en una taza de té preparada a tiempo.