En un orfanato empobrecido que apenas sobrevive al último invierno, un adolescente descubre que el gato cuyos maullidos lo desvelan no es un animal corriente.
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En un orfanato empobrecido que apenas sobrevive al último invierno, un adolescente descubre que el gato cuyos maullidos lo desvelan no es un animal corriente. Una noche de sombras, luces imposibles y visitantes con abrigos negros lo arroja de vuelta al hermano que había aprendido a ignorar y le deja un don que nunca pidió. A la mañana siguiente todo parece normal, salvo por la fiebre, el cadáver de un gato entre sus mantas y unos niños que saben mucho más de lo que aparentan.
El monasterio de San Patricio acoge a cincuenta y tres huérfanos y a un presupuesto que ya no alcanza para la calefacción. Los monjes tapan rendijas con trapos viejos, refuerzan las mantas y confían en que la primavera llegue antes que otra helada. En la habitación de los varones mayores hay una ventana rota que nadie ha reparado desde que tres chicos se fugaron por ella: solo una reja donada por la policía del pueblo y unos trozos de cobertor la separan del viento.
Gúnthero tiene quince años, la popularidad fácil de quien siempre encuentra cómo librarse del castigo y una relación tensa con su propia conciencia. Lleva tres noches sin dormir por culpa de un gato que maúlla en el patio, aunque sus compañeros apenas lo oyen y él lo escucha retumbar dentro de la cabeza. Cuando el frío, el insomnio y la terquedad lo empujan a asomarse una vez más a la ventana, ve algo que no encaja: cuervos que atacan a una rana, un perro negro que acude en su defensa, animales que parecen cuidarse de su mirada.
Esa noche algo entra en el orfanato. Gúnthero, arrastrando a sus amigos Oliver y Bruno, sigue un resplandor azul por los pasillos, tropieza con Sara —una chica de trece años que no debería estar en esa ala del edificio y que les advierte que regresen— y llega hasta una puerta abierta que, sin embargo, no se puede cruzar. Al otro lado de esa barrera invisible, dos figuras de rostro ajado y largos abrigos negros mantienen suspendido en el aire a Benjamín, un niño autista al que el resto del orfanato considera el más indefenso de todos, y al que Gúnthero llegó de la mano diez años atrás antes de dejar que los amigos nuevos y la vergüenza los separaran. La culpa que despierta esa imagen es la que lo lanza una y otra vez contra un muro que no cede, hasta que el propio gato lo alcanza y algo se rompe.
El amanecer devuelve un día común: camas cambiadas de sitio, bromas en el comedor, olor a huevos con salchichas y un Benjamín perfectamente vivo que pasa de largo sin mirarlo. Bruno prefiere creer que soñó. Pero hay un gato muerto entre las mantas de Gúnthero, una fiebre que lo tumba, una serpiente vigilando bajo la litera y, en otra mesa, tres niños que cuentan las horas para que una transferencia se complete. Lo que para los mayores fue una pesadilla, para ellos es un procedimiento conocido: hubo brujos, hubo defensa, hubo un encantamiento que eligió a alguien que nadie habría elegido.
Entre el desmayo y la fiebre regresan además los recuerdos de una carretera oscura, de unos padres llamados Grecia y Adam, y de dos nubes de polvo negro que descendieron del cielo para cerrarles el paso. La obra abre así un mundo donde los animales guardan secretos, donde la infancia más frágil resulta ser la más buscada y donde el vínculo roto entre dos hermanos se convierte en el verdadero campo de batalla. Fiel a su dedicatoria —a los niños especiales, cuyo mundo fantástico hay que descubrir—, es una fantasía juvenil de tono clásico que combina misterio de internado, amenaza sobrenatural y una reflexión sobre la diferencia, la culpa y la posibilidad de volver a hacerse cargo de alguien.