Bearn o La sala de las muñecas relata, en la voz del capellán Juan Mayol, el crepúsculo de una vieja casa señorial mallorquina. Tras la muerte simultánea y extraña de los señores, el sacerdote escribe una larga confesión sobre don Antonio…
Descargar
Bearn o La sala de las muñecas relata, en la voz del capellán Juan Mayol, el crepúsculo de una vieja casa señorial mallorquina. Tras la muerte simultánea y extraña de los señores, el sacerdote escribe una larga confesión sobre don Antonio de Bearn: su matrimonio con doña María Antonia, su fascinación por la razón dieciochesca, sus amores desordenados y la habitación cerrada que nadie debía abrir. Una elegía lúcida de un mundo que se apaga mirándose al espejo.
En una posesión de montaña oculta tras los accidentes del terreno, a una hora de camino de un pueblo de cuatrocientas almas, mueren los señores de Bearn con pocas horas de diferencia y en circunstancias que nadie sabe explicar. Llegan escribanos, notarios y acreedores; llegan también unos sobrinos que hacía años no ponían los pies en la casa y que se interesan por las porcelanas, el pinar vendido de antemano y las joyas de la difunta. En medio de ese inventario sin duelo, el capellán Juan Mayol —hijo de un labrador y de una jornalera, antiguo porquero enviado a estudiar a la Ciudad por voluntad del señor— se encierra de noche a escribir.
Su manuscrito, dirigido a un amigo del seminario para que lo someta al juicio del cardenal primado, se presenta como un caso de conciencia: qué hacer con las instrucciones y el dinero que don Antonio le confió, y cómo juzgar un alma que Dios y el demonio se disputaron sin vencedor visible. Pero la consulta moral se desborda pronto en retrato. Mayol reconstruye la figura del señor: primo y marido de doña María Antonia, feo y esbelto, afrancesado entre antepasados indiferentes a la erudición, lector incansable, sofista amable, capaz de azotar al mayoral con las correas de las caballerías y de comentar después el castigo con el vicario. Un hombre de peluca blanca y hábito franciscano que confiaba en la Raison como en una lucecita débil que conviene despabilar, y que sostenía, medio en broma, que a la vida del capellán solo le faltaba el diablo como salsa.
El relato avanza por partes que el narrador titula como capítulos de novela: la época borrascosa del embarque y la separación de los esposos, la calma solo aparente de las montañas, y un epílogo desconcertante. Alrededor gravitan la sobrina amada, los viajes, los inventos que revientan entre risas, un pariente enriquecido con cajas de cartón que quizá compre la finca, y sobre todo la sala clausurada donde un antepasado entraba disfrazado a jugar con sus muñecas y donde encontró la muerte.
Bajo el pudor y los aspavientos del sacerdote late la conciencia de que con esos dos entierros desaparece un mundo entero, y que la realidad, al final, extrae toda su continuidad de algo tan mágico y convencional como un nombre. Villalonga convierte el retrato moral de una isla estructurada en castas en un juego de espejos y disfraces donde narrador, señor y autor terminan pareciéndose.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.