En una aldea castellana del siglo XVI, un mozo huérfano y aficionado a improvisar versos decide marcharse a Toledo para hacerse famoso como poeta.
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En una aldea castellana del siglo XVI, un mozo huérfano y aficionado a improvisar versos decide marcharse a Toledo para hacerse famoso como poeta. Lo acompaña un buhonero gruñón con su carro de cacharros, una mula vieja y un galgo, y el camino —con sus timadores, salteadores y encuentros inesperados— se convierte en la verdadera escuela del viaje. Un relato de aventuras luminoso y humorístico sobre la generosidad, el ingenio y el valor de aquello que se deja atrás.
Todo empieza en Hormigos, un pueblo pequeño que se abarca entero desde lo alto del campanario: los carros de paja entrando por la era, los jornaleros podando el olivar, el maestro peleando por meter a los chiquillos en clase, las comadres charlando junto a la fuente mientras el agua rebosa de los cántaros. Desde esa atalaya lo observa todo Nazario, un sacristán tan quejica como glotón, para quien ningún disgusto resiste a un mendrugo de pan y un trozo de queso.
Abajo, en la plaza, trabaja Bartolomé: huérfano, fuerte, buena persona y querido por todos… salvo cuando le da por recitar. Porque Bartolo improvisa ripios a la menor ocasión, y sus compañeros de faena huyen en cuanto lo ven tomar aire. Duerme en la bodega del mesón del tío Benito a cambio de fregar pucheros y barrer el suelo, y allí vive también Lucía, la hija del mesonero, ante la cual el mozo, capaz de encadenar cien versos seguidos, no logra hilar tres palabras sin ponerse colorado.
La chispa del viaje la enciende un forastero. Un morisco recién llegado de Toledo, que responde al nombre de Abdel Al-Mamed y también al de Manolo, descubre enseguida lo fácil que resulta encandilar al muchacho: le pinta una ciudad donde la comida sobra en las esquinas y donde a los poetas les basta una obra para vivir ricos el resto de sus días. A cambio de vino, queso y una talega bien surtida, deja a Bartolo convencido de que su destino está lejos de Hormigos.
Pero viajar, hace cuatrocientos años, no es cosa de echarse a andar. Los caminos se vuelven barrizales con las lluvias, hay bandidos y fulleros al acecho, y la única compañía posible es la del tío Antón, un buhonero avaro y de mal genio que recorre las aldeas con su carro de cántaros, trébedes y calentadores de cobre, tirado por la vieja mula Margarita y custodiado por un galgo flaco. Antón acepta llevarlo por un motivo muy concreto: el chico sabe cocinar.
El trayecto hacia Toledo —Maqueda, Torrijos, Barcience— ordena la novela como una sucesión de pruebas, y en cada una Bartolo responde con lo que tiene: comida, ingenio y una obstinada bondad. Comparte las provisiones con una viuda que camina con cinco hijos y recibe de ella un anillo de plata grabado con un libro abierto, un compás y una calavera, una prenda enigmática que, le asegura, le abrirá puertas si las cosas se tuercen en la ciudad. Convierte el desordenado tenderete del buhonero en un puesto que arrasa en el mercado, pregonando la mercancía en verso hasta juntar corro. Despacha a cuatro salteadores de caminos sin más arma que un puñado de pimentón. Y hasta le saca a Margarita una muela picada valiéndose del galgo y de una liebre.
Escrita con un humor de trazo limpio y un oído fino para el habla popular, la obra reconstruye la Castilla rural del Siglo de Oro con detalle sensorial —los oficios, los mercados, las recetas, los caminos— sin perder nunca el paso ligero del relato de aventuras. Por debajo de las risas late una pregunta sencilla y honda: qué es exactamente lo que Bartolo va a buscar a Toledo, y cuánto de ello dejó atrás la mañana en que miró por última vez, desde media legua de distancia, la torre diminuta de su iglesia.
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