Un escritor latinoamericano llega a Barcelona persiguiendo un contrato editorial y termina descubriendo que la ciudad se le ofrece antes por el cuerpo que por la letra.
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Un escritor latinoamericano llega a Barcelona persiguiendo un contrato editorial y termina descubriendo que la ciudad se le ofrece antes por el cuerpo que por la letra. Entre citas humillantes con editores, un piso compartido de Les Corts donde conviven siete inquilinos de media Europa y una educación sentimental acelerada sobre deseo, dinero y prejuicio, el narrador recorre el trayecto que va de la promesa literaria al mercado de la carne. Relato en primera persona, escrito con humor seco y mirada de forastero, sobre la sexualidad como moneda de cambio en una ciudad que el propio protagonista rebautiza "Barsexlona".
Daniel cruzó el Atlántico con dos manuscritos bajo el brazo y la certeza de que Barcelona, capital de la edición en castellano, sabría reconocerlos. La realidad se parece poco a esa certeza: un editor que llega tarde, no se disculpa y habla media hora del Audi que quiere regalarle a su mujer antes de dictaminar que escribe “como un hispanoamericano de hace un siglo”; una lectora editorial, Mireia, que le enseña sin anestesia que en esta industria —como en el cine y en la música— los intereses van siempre por delante de los gustos, y que un buen polvo abre más puertas que un buen capítulo. Daniel acepta favores que no quiere, cenas con capitanes de yate cincuentones y sábados enteros vaciando la biblioteca ajena, porque estar cerca es la única estrategia que le queda.
Su otra vida transcurre en un principal de Les Corts donde siete extranjeros pagan por hacinamiento lo que en cualquier ciudad costaría un piso entero: la galesa, el suizo, el japonés meticuloso, el arquitecto holandés y su novia belga, una pareja canadiense recién llegada, Hanka la polaca y Diana la pediatra de San Francisco. Allí se habla inglés, se rompe la vajilla, se discute de homofobia entre risas y se escuchan las paredes. Fuera acechan la casera Rosa, que ha convertido a Daniel en su asistenta gratuita, y Luciano, el vecino que clasifica a todo varón según su “medidor de homosexualidad” y que anuncia sexo de pago en internet sin el menor pudor.
De esa doble deriva —el desprecio educado del mundo literario y la promiscua franqueza del piso compartido— nace el verdadero relato: el aprendizaje de un hombre que descubre, primero con asco, luego con curiosidad y al final con tarifa, hasta dónde está dispuesto a llegar. Estatuas, mercados nocturnos y virtuales, clientes, dos noches locas y un desenlace que reordena para siempre las palabras marido, novia y amante. Una crónica sin coartadas sobre la precariedad del inmigrante, el cuerpo como último capital disponible y la delgada frontera entre vender una novela y venderse.