Atribuido a Padma Sambhava y redescubierto siglos después entre las colinas del Tíbet central, el Bardo Thodol —«liberación a través de la audición en el estado intermedio»— es el texto que la tradición tibetana lee junto al moribundo y al…
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Atribuido a Padma Sambhava y redescubierto siglos después entre las colinas del Tíbet central, el Bardo Thodol —«liberación a través de la audición en el estado intermedio»— es el texto que la tradición tibetana lee junto al moribundo y al difunto para guiarlo por los días que separan una existencia de la siguiente. Esta edición reúne el itinerario completo de los tres bardos que siguen a la muerte, precedido de un prólogo que sitúa la obra en su tradición y aclara sus claves doctrinales, en una traducción de Agustín López concebida para el lector no especialista.
Pocos libros orientales han tenido en Occidente una fortuna tan singular como el Bardo Thodol, difundido desde 1927 bajo el título de Libro tibetano de los muertos. Su título original es más preciso y más revelador: «liberación a través de la audición en el estado intermedio». No se trata de una meditación sobre la muerte, sino de un manual operativo, un conjunto de instrucciones destinadas a ser leídas en voz alta —con los labios muy cerca del oído— a quien está a punto de morir y a quien ya ha muerto, para acompañarlo paso a paso por el tránsito que precede a un nuevo nacimiento o a la liberación definitiva.
La tradición atribuye el texto a Padma Sambhava, la figura que en el siglo VIII estableció el budismo en el Tíbet y fundó la escuela Níngmapa, y lo cuenta entre los terma o «tesoros»: escritos ocultos deliberadamente en cuevas, grietas y templos para ser hallados cuando llegara su momento. El Bardo Thodol reapareció, según esas fuentes, en manos de Rinchen Karmalingpa, entre los siglos XIII y XIV. A diferencia de casi todo el canon tibetano, traducido del sánscrito, los «tesoros» son obras nacidas en tibetano.
El budismo tibetano distingue seis estados intermedios; el libro se ocupa de los tres que rodean la muerte. En el primero, cuando cesa el aliento, brilla la «luminosidad fundamental»: quien la reconoce se libera de inmediato. Si no lo consigue, entra en el bardo del Absoluto, donde durante doce jornadas desfilan las divinidades apacibles y las coléricas, con sus sonidos atronadores, sus resplandores y sus rayos de luz. Cada aparición viene acompañada de una tentación: junto a la luz penetrante de la sabiduría se ofrece siempre otra luz, tenue y agradable, que conduce de vuelta a los mundos del samsara. Queda finalmente el bardo del devenir, última ocasión de evitar «el ingreso en una matriz» o, al menos, de elegir un renacimiento favorable.
El punto esencial se repite como un estribillo a lo largo de todo el texto: nada de cuanto aparece tiene realidad propia. Dioses y demonios, terrores y esplendores son proyecciones de la mente misma del difunto, residuos de sus actos. Reconocerlos como tales es, exactamente, liberarse. De ahí que la muerte no abra aquí ninguna puerta a un más allá superior: el único cambio real es el despertar de una conciencia que comprende la irrealidad de lo que percibe.
El prólogo de Agustín López reconstruye la historia del texto y su recepción occidental —incluido el papel de Evans-Wentz y el lama Kazi Dawa-Samdup—, advierte contra el paralelismo engañoso con el Libro de los muertos egipcio y explica dos claves que suelen desconcertar al lector nuevo: el estatuto de esas «divinidades», que no son dioses de un panteón, y la doctrina de los tres cuerpos del Buddha. La traducción, resultado de un estudio comparado de versiones inglesas, francesas y españolas, opta por la terminología sánscrita y por un discurso fluido, con divisiones en capítulos que no figuran en el original, para que quien lee pueda orientarse sin perderse en el viaje por el bardo.
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