Manuel Valls narra su regreso a Barcelona, la ciudad donde nació, y reconstruye el itinerario personal y político que lo llevó de un taller de pintor a orillas del Sena hasta la jefatura del Gobierno francés.
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Manuel Valls narra su regreso a Barcelona, la ciudad donde nació, y reconstruye el itinerario personal y político que lo llevó de un taller de pintor a orillas del Sena hasta la jefatura del Gobierno francés. Entre el recuerdo de los veranos en Horta, la infancia de hijo de inmigrantes en París y su decisión de presentarse a la alcaldía de su ciudad natal, el libro traza el retrato de alguien que se define catalán, español, francés y europeo a la vez, y que quiere poner esa doble pertenencia al servicio de una Barcelona que considera desorientada.
Hay un refrán catalán que atraviesa este libro de principio a fin: roda el món i torna al Born, da la vuelta al mundo y vuelve al Born. Se lo recordó su madre en un mensaje al móvil la tarde del 23 de abril de 2018, mientras él paseaba por Barcelona en un Sant Jordi de sol, libros y rosas, dándole vueltas a una pregunta que amigos y periodistas llevaban semanas planteándole. De esa jornada, y de la decisión que se anunciaría meses después, parte un relato que es a la vez memoria familiar y explicación de un proyecto para la ciudad.
El autor retrocede hasta la Clínica Ferroviaria de la calle Campoamor, en el barrio de Horta, donde nació en 1962 y donde había nacido antes su padre, el pintor Xavier Valls. Están ahí los veranos con los primos, el club de tenis del barrio, las verbenas de San Juan que llenaban la casa de escritores, arquitectos y artistas, la eliminación del Barça de Cruyff que echó abajo un plan largamente urdido, los paseos por las Ramblas con el abuelo Magí y la promesa de una Golondrina al final del recorrido. Están también los viajes de París a Barcelona en un Citroën dos caballos de segunda mano, tres días para cruzar Francia, con el instante de tensión del control fronterizo y la recompensa segura de un almuerzo cerca de Girona.
La otra mitad del relato transcurre en el Marais. El taller con vistas al Sena y a Notre Dame, tan pequeño al principio que tenía la bañera en la cocina, funcionaba como un cruce de caminos: exiliados españoles, escritores y cineastas llegados de media Europa y de América conversaban allí a diario mientras el niño escuchaba desde un rincón. La escuela pública francesa, el catalán como lengua doméstica, la condición de inmigrante en un país que entonces no reconocía del todo a los suyos —una maestra dio por hecho que su padre pintaba paredes— y la fidelidad paterna a un estilo figurativo cuando la moda era la abstracción configuran una educación sentimental hecha de apertura y de rechazo a cualquier sectarismo. De ahí arranca, a los dieciocho años y contra la opinión de su padre, la afiliación al Partido Socialista Francés y la fascinación por la figura de Michel Rocard.
Sobre ese cimiento se levanta la trayectoria pública que el libro pone ahora sobre la mesa: la alcaldía de Evry, el Ministerio del Interior, la jefatura del Gobierno francés y una posición sin ambigüedades sobre el proceso independentista catalán, que él lee como un asunto también europeo. La conclusión que propone es sencilla y personal: quien se marcha llevándose un trozo de su ciudad tiene la obligación moral de devolver lo aprendido fuera, y devolverlo aquí significa trabajar por una Barcelona habitable, segura, cosmopolita y capaz de recuperar el peso que tuvo en Europa.
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