Un ensayo del politólogo Jacint Jordana que reinterpreta la crisis territorial entre Cataluña y España desde un ángulo poco transitado: la competencia entre Madrid y Barcelona como dos ciudades globales que comparten un mismo Estado, y el…
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Un ensayo del politólogo Jacint Jordana que reinterpreta la crisis territorial entre Cataluña y España desde un ángulo poco transitado: la competencia entre Madrid y Barcelona como dos ciudades globales que comparten un mismo Estado, y el deterioro de las relaciones entre niveles de gobierno que impidió gestionarla.
¿Y si el pulso independentista catalán se entendiera mejor mirando mapas económicos y estructuras administrativas que banderas? Esa es la apuesta de este ensayo, que parte de una idea deliberadamente sencilla: dos problemas de raíz territorial se fueron agravando en España hasta desembocar en un conflicto político enconado. El primero es el ascenso de sus dos grandes áreas metropolitanas —Madrid, tercera de Europa por población; Barcelona, cuarta—, convertidas en nodos de la globalización con necesidades propias que las dinámicas políticas tradicionales no supieron absorber. El segundo es el desgaste de las relaciones intergubernamentales, que fue vaciando de eficacia la formulación de políticas públicas y erosionando la confianza en la capacidad del Estado para articular la colaboración entre territorios.
El libro se ordena en dos partes. La primera aborda el corto plazo: los momentos clave del enfrentamiento desde 2012, la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 sobre el Estatuto, los ajustes fiscales de la crisis y las reacciones impulsivas de partidos e instituciones. En lugar de valorar la conducta de los protagonistas, propone leer la escalada como una tensión entre dos ciudades globales y sus áreas de influencia, en un marco europeo y transnacional. El autor recurre al precedente de Montreal y Toronto analizado por Jane Jacobs para ilustrar cómo unos estados concentran su apoyo en una sola ciudad global —Londres, París— mientras otros lo reparten, y pregunta hasta qué punto el Estado español fusionó sus intereses con los de su capital, dejando a Barcelona la sensación de operar sin paraguas institucional.
La segunda parte desciende al terreno de las políticas públicas concretas: casos sociales y regulativos que revelan escenarios estancados, coordinación fallida, recentralización por la vía del artículo 149 y una cultura administrativa con sistemas de reclutamiento anacrónicos y cuerpos funcionariales enfrentados. De la acumulación de esos fallos emerge el diagnóstico central del libro: no una simple disputa de identidades, sino una crisis estructural del Estado, con problemas aplazados desde la Transición y una capacidad de innovación institucional muy limitada. El nacionalismo no se niega —se reconoce intenso y omnipresente—, pero se deja conscientemente en segundo plano para iluminar los intereses materiales y las estructuras que suelen quedar en penumbra bajo capas de retórica.
Con un prólogo del periodista Jesús Maraña, que sitúa el texto junto a otras lecturas recientes que huyen del maniqueísmo, el ensayo funciona menos como toma de posición que como cambio de altura: una mirada de dron sobre un bosque que la demagogia y el electoralismo tienden a ocultar. Su conclusión más incómoda es también la más útil: la aspiración a un Estado propio con su propia ciudad global puede leerse como una salida radical a una situación de frustración y bloqueo que ninguna reforma cosmética resolverá.