Tras la muerte de su madre crítica, Martín abandona su cómoda vida como celebridad televisiva en Lima y renuncia a todo: su carrera, su departamento, su fama.
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Tras la muerte de su madre crítica, Martín abandona su cómoda vida como celebridad televisiva en Lima y renuncia a todo: su carrera, su departamento, su fama. Convencido de que la bohemia limeña sofocó su verdadero talento artístico, emprende una nueva vida en Barcelona buscando el éxito que su madre nunca reconoció. Este Martín que prometía ser un prodigio en pintura y música desde la infancia ha perdido su camino en la superficialidad de la televisión. Ahora, como migrante solitario en una ciudad extraña, deberá enfrentarse a la pregunta fundamental: ¿puede el cambio de geografía redimir su talento, o el fracaso lo perseguirá a cualquier latitud?
Martín Rengifo Celi fue un niño prodigio. A los seis años tocaba piano, antes de los ocho dominaba el violín, y a los once pintaba con maestría que hizo que su madre, Doña Violeta, enmarcara aquel primer cuadro como reliquia familiar. A los quince ganó el premio de Bellas Artes de Trujillo. Su madre, artista frustrada, había depositado en él todas sus esperanzas de que el apellido Rengifo fuera reconocido mundialmente como sinónimo de excelencia artística. Pero algo cambió en la adolescencia. El éxito precoz dio paso a la indecisión, el talento fue adormilado por nuevas pasiones: el amor, la popularidad, las fiestas, el deseo de ser admirado. Lima, donde se mudó para estudiar, se convirtió en la perdición de su vocación. Su simpatía innata y carisma lo llevaron naturalmente a la televisión, donde su rostro y voz se transformaron en un activo más valioso que los cuadros que dejó de pintar. Treinta y cuatro años después, Martín es una celebridad televisiva: locutor de noticias, animador de programas, rostro familiar en los talk shows limeños. Pero su madre nunca lo reconoció como exitoso. En su último encuentro, Doña Violeta le reprocha haber claudicado. «La televisión tarde o temprano te abandonará», le advierte. Semanas después, ella muere. En el velatorio, Martín contempla cómo asisten no por la difunta, sino para fotografiarse junto a los arreglos florales de personajes célebres. Entiende entonces que su madre tenía razón: su vida es un fracaso disfrazado de éxito. Sin nada que lo retenga en Lima salvo una gata rescatada, Martín toma una decisión radical: lo abandona todo. Renuncia a su empleo, vende su departamento y su auto, y compra un boleto a Barcelona. Es acto de desesperación y fe a la vez: cree que en aquella ciudad mediterránea podrá recuperar al artista que fue, que la distancia y el aislamiento del emigrante lo redimirán de la mediocridad que lo consumió.
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