Eva Gris es Barceloba: enfermera reconvertida en egobloguera de referencia, inventora de una pose célebre y veterana de un oficio que envejece a velocidad de scroll.
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Eva Gris es Barceloba: enfermera reconvertida en egobloguera de referencia, inventora de una pose célebre y veterana de un oficio que envejece a velocidad de scroll. Cuando su agencia madrileña la premia por su trayectoria justo mientras la sustituye por adolescentes con más seguidores y menos blog, Eva entiende que el galardón es una despedida elegante. El viaje a Barcelona para recogerlo la obliga a revisar la ciudad de la que huyó, las amigas que dejó atrás y la mujer que quiso ser antes de convertirse en personaje.
Hay premios que se parecen mucho a una puerta de salida. Eva Gris lo intuye en cuanto ve su cara proyectada en la pantalla de una fiesta del Círculo de Bellas Artes: trayectoria, dicen; arte, dicen. Ella lleva años siendo Barceloba, la egobloguera que llegó a Madrid desde un barrio del área metropolitana de Barcelona y convirtió el estilo propio y una pose saltarina en profesión. Pero el aplauso llega el mismo mes en que su nombre desaparece de la portada de la agencia, su tarifa se desploma y las marcas empiezan a preferir a chicas que aún no han cumplido los dieciocho.
La novela sigue a Eva en el tramo exacto en que un personaje deja de sostener a la persona que lo inventó. Narrada casi por completo desde dentro de su cabeza —en un monólogo veloz, hablado, hecho de conversaciones a media voz, hashtags, cálculos de encuadre y comentarios que nunca llegará a publicar—, la historia avanza por escenas breves: un photocall, una llamada con su agente, una noche de hospital tras un atropello, un desayuno con el basurero licenciado en Filosofía que la encontró tirada en la calle, una acción reivindicativa con cadenas frente a una tienda de Fuencarral. El humor es constante y la resaca también.
En el centro hay un pulso de negociación. Lucía Fernanda, apodada Lucifer, dirige la agencia de blogueros más importante de Madrid y ha encontrado la manera de recolocar a Eva sin que parezca un despido. Eva acepta el trato con la boca pequeña: irá a Barcelona, sonreirá, recogerá el premio, cumplirá cada evento de la agenda y después se marchará a Albania, donde le ofrecen construir desde cero una industria de moda local. Viaja con Sandra, la asistente encargada de vigilarla, una mujer peculiar, eficiente y fan declarada, apasionada del teatro musical y de interpretar personajes que no son el suyo.
El regreso es lo que Eva no había calculado. Barcelona guarda a su madre a punto de jubilarse y reinventarse, a un padre al que no ve desde hace años, a las antiguas compañeras de trabajo del hospital —hoy pitonisa, sindicalista, ama del sadomasoquismo, activista animalista— y a los amores que dejó sin cerrar. También guarda a la Eva anterior: la que leía tarde y con esfuerzo, la que tomaba notas de las historias de su abuelo, la que llegó a escribir el borrador de una novela y no consiguió moverlo. Frente a ella, un abuelo de noventa y cuatro años que injertaba árboles para arrancarle fruta a un clima adverso y que sigue repitiendo, desde el otro lado del teléfono, que escriba aunque le dé pereza.
Lo que empieza como la crónica ácida de un mundillo —los likes comprados, la caducidad de las mujeres en el escaparate, la sobreexposición de menores, el trabajo autónomo sin red— se convierte en un retrato generacional de quienes rondan los cuarenta con un currículum brillante y un futuro precario: sin piso, sin plan de pensiones, con la casa de los padres asomando como amenaza y la certeza incómoda de encontrarse, sin embargo, mejor que nunca. Entre el injerto y la endogamia, entre el personaje y la persona, Eva tendrá que decidir qué parte de sí misma vale la pena volver a plantar.